KAST EN COPIAPÓ: "NO LLEGAMOS A QUITAR DERECHOS SOCIALES, LLEGAMOS A RECUPERAR LA INSTITUCIONALIDAD" — Y TIENE RAZÓN EN TODO LO QUE DICE
La izquierda montó el show del plato de lentejas. Sacó el overol blanco. Habló de niños sin almuerzo. El presidente les respondió desde Copiapó con una frase que resume el proyecto de su gobierno: administrar bien lo que hay, porque lo que hay es poco y fue mal gastado durante años.
Existe en la política chilena un mecanismo que la izquierda ha perfeccionado durante décadas y que funciona con una precisión casi industrial: cuando un gobierno intenta ordenar el gasto público, racionalizar el uso de los recursos o eliminar duplicidades y comisiones innecesarias, la respuesta no es un debate sobre números. La respuesta es una imagen. Un plato de comida. Un niño. Una cama de hospital. Una maestra llorando. El objetivo es simple: convertir cualquier ajuste en crueldad, cualquier eficiencia en abandono, cualquier racionalización en recorte de derechos. Y hacerlo antes de que los hechos puedan competir con la emoción.
Esta semana le tocó al gobierno de Kast. El Ministerio de Hacienda ingresó a Contraloría un decreto con ajustes presupuestarios en el sector salud — ajustes que el propio Ministerio de Salud aclaró representan apenas el 1,1% de los recursos operacionales de los hospitales, y que no afectan atenciones. La respuesta de la oposición fue inmediata y predecible: alguien apareció en los medios con un plato de garbanzos y lentejas en una mano y un sándwich en la otra, afirmando que eso es lo que el gobierno les quiere quitar a los alumnos para dárselo en cambio.
No era verdad. Kast lo dijo directamente en Copiapó, en el marco de su recorrido Presidente Presente: "Aparece alguien de la política con un plato de garbanzo, de las lentejas, diciendo, este es el almuerzo que el señor Presidente le quiere quitar a los alumnos y se lo quiere cambiar por este sándwich. Eso no es verdad."
Pero la mentira ya estaba en el aire. Ese es el punto. La imagen ya circuló. Y en la política del siglo XXI, la imagen que circula primero instala el relato, aunque la realidad llegue después a desmentirla.
El problema real: recursos escasos mal administrados
Lo que Kast dijo en Copiapó no fue una declaración defensiva. Fue la articulación más clara que ha hecho públicamente de lo que su gobierno está intentando hacer en el área social — y por qué lo está haciendo en la dirección que está.
La frase central fue esta: "No vamos a recortar derechos sociales, pero queremos administrar mejor los recursos, que son escasos."
Esa frase tiene dos partes que merecen leerse juntas, porque es la combinación de ambas la que define el proyecto. Primera parte: no se recortan derechos. La salud pública, la alimentación escolar, la educación, los medicamentos — siguen siendo compromisos del Estado. Segunda parte: los recursos son escasos. Ese es el dato que la izquierda nunca quiso reconocer durante los años en que gobernó con el gasto como único instrumento de política social.
Chile tiene un déficit estructural que Moody's acaba de cifrar en 3,6% del PIB. Tiene una deuda pública que pasó de 8,6% del PIB en 2010 a 41,5% en 2025. Tiene colchones fiscales que cayeron a la mitad en nueve años. Ese es el contexto en que el gobierno de Kast recibió el Estado. No es una excusa. Es la realidad aritmética sobre la que tiene que operar.
Y en ese contexto, administrar mejor los recursos no es crueldad. Es la única política responsable disponible.
El ejemplo de Cenabast: eliminar comisiones innecesarias
Kast puso un ejemplo concreto de lo que significa administrar mejor: la decisión de la ministra de Salud May Chomali de eliminar la comisión que se cobraba por entregar fármacos de Cenabast a las municipalidades.
"La titular del Minsal comunicó hace una semana que ya no va a haber más comisión para entregárselos a las municipalidades. Y eso es un ahorro para los alcaldes. Es administrar bien los recursos", dijo el presidente.
Cenabast es la Central de Abastecimiento del sistema público de salud. Compra medicamentos en volumen para todo el sistema y los distribuye a hospitales, clínicas y municipalidades. La existencia de una comisión adicional por la distribución a los municipios era, en los hechos, un costo que reducía la cantidad de medicamentos disponibles por cada peso gastado. Eliminarlo no recorta nada. Hace que los mismos recursos lleguen más lejos.
Ese es exactamente el tipo de medida que la administración eficiente busca y que la gestión política de los años anteriores dejó prosperar sin cuestionarla. No porque los gobiernos anteriores fueran maliciosos, sino porque cuando el gasto no importa — cuando siempre hay un decreto de emergencia, un bono, un ajuste presupuestario que da más — nadie tiene incentivos para preguntarse si cada peso se está gastando bien.
Kast está haciendo esa pregunta. Y la respuesta que está encontrando, como era previsible, es que hay mucho margen para mejorar sin recortar un solo derecho.
Junaeb y la alimentación escolar: la verdad vs el show del sándwich
El otro frente que se abrió esta semana fue el de la alimentación escolar. Kast había planteado el día anterior la necesidad de administrar mejor los recursos destinados a ese programa — un sistema que maneja miles de millones de pesos y que, como cualquier sistema de esa escala, tiene espacios de ineficiencia que merecen revisión.
La respuesta de la oposición fue el show del sándwich. Alguien tomó un plato con lentejas y garbanzos y lo comparó con un sándwich, afirmando que eso era lo que el gobierno pretendía cambiar en la alimentación de los niños. Ni el decreto que se ingresó a Contraloría ni ninguna declaración del gobierno decía nada de eso. Pero la imagen circuló de todas formas.
Kast fue directo: "No le vamos a quitar el alimento a los niños. Vamos a ordenar el tema."
Y la pregunta que nadie en la oposición quiere responder es esta: ¿por qué Junaeb, que administra uno de los programas de alimentación escolar más importantes de América Latina, no puede ser auditado con la misma rigurosidad con que se audita cualquier empresa privada que recibe financiamiento público? ¿Por qué revisar si los recursos llegan bien a los niños se convierte automáticamente en una amenaza a los niños?
La respuesta es política, no técnica. Junaeb, como muchos organismos del Estado chileno, ha operado durante años como un espacio donde la ineficiencia se tolera porque cuestionarla tiene un costo político que ningún gobierno quiso pagar. Kast lo está pagando. La oposición se aseguró de que así fuera.
Educación: el diagnóstico que incomoda
En la misma visita a Copiapó, Kast habló de educación con una contundencia que merece registrarse. Dijo que fue "testigo en la Cámara de Diputados de cómo iban a ir deteriorando el sistema educacional en Chile" — una referencia directa a las reformas educacionales de los gobiernos de Bachelet y Boric que transformaron el sistema sin que nadie evaluara si las transformaciones producían los resultados prometidos.
"Cuando uno hoy confronta a algunos de los que crearon este sistema, no quieren detenerlo, no quieren hacer una pausa para evaluar si lo que se hizo era correcto o no es correcto", afirmó.
Esa es la crítica más profunda que puede hacérsele a la reforma educacional de la izquierda chilena: no que haya tenido malas intenciones, sino que nunca se evaluó honestamente. Se construyó un sistema de inclusión que redujo la exigencia. Se eliminaron mecanismos de selección que también eliminaron incentivos al mérito. Se desplazaron directores y sostenedores que tenían resultados a favor de criterios ideológicos. Y cuando los resultados de las pruebas internacionales comenzaron a mostrar el deterioro, la respuesta no fue corregir sino explicar por qué las pruebas no eran un buen instrumento de medición.
Kast dijo también que el crimen organizado "ha llegado a infiltrar la droga a las escuelas y utiliza a nuestros niños como una herramienta de destrucción." No es retórica. Es una realidad documentada en reportes policiales, en denuncias de directores, en los propios testimonios de docentes que trabajan en establecimientos donde el narco tiene presencia. Y la política de Escuelas Protegidas — la que el Liceo Lastarria tomó para protestar — es precisamente la respuesta que el gobierno está construyendo ante esa realidad.
Para aprender "se necesita orden y paz dentro de las salas", dijo el presidente. Esa frase no es de derechas ni de izquierdas. Es de sentido común. Y que haya que defenderla públicamente en 2026 dice todo sobre lo que la última década hizo con el debate educativo en Chile.
"Llegamos para recuperar la institucionalidad"
La frase con que Kast cerró su intervención en Copiapó es la que mejor sintetiza el proyecto de su gobierno en el área social, y es también la que más incomoda a quienes prefieren el relato simple del recorte: "Nosotros no llegamos a gobernar para quitar derechos sociales. Llegamos para recuperar la institucionalidad y que los pocos recursos que tenemos hoy día, que van a ir aumentando con las buenas noticias que hemos ido conociendo, le lleguen a todos los chilenos."
Hay tres elementos en esa frase que merecen análisis.
El primero es el reconocimiento explícito de que los recursos son pocos. Kast no llegó a gobernar prometiendo abundancia. Llegó a gobernar con una deuda pública en 41,5% del PIB, colchones fiscales a la mitad, y un déficit estructural de 3,6% del PIB. Decirlo en voz alta — "los pocos recursos que tenemos" — es un ejercicio de honestidad que sus predecesores evitaron porque era políticamente incómodo.
El segundo es la promesa de que esos recursos van a crecer — "van a ir aumentando con las buenas noticias que hemos ido conociendo." Esas buenas noticias son las que Moody's señaló esta semana: la posición favorable de Chile frente a la transición energética global, la demanda estructural de cobre y litio, el crecimiento del sector de centros de datos, la inversión que la Megarreforma busca atraer. El camino al bienestar social sostenible pasa por el crecimiento económico, no por el endeudamiento permanente.
El tercero es el concepto de institucionalidad. "Recuperar la institucionalidad" no es una frase vacía en el contexto de un Estado chileno donde Junaeb opera sin auditorías suficientes, donde Cenabast cobraba comisiones innecesarias, donde los hospitales tienen recursos que no llegaban a donde debían llegar. La institucionalidad es el sistema que asegura que el dinero público hace lo que se supone que debe hacer — y recuperarla es tan importante como aumentar el presupuesto.
La oposición prefiere el show del sándwich. Prefiere la foto del plato de lentejas. Prefiere el relato de la crueldad porque es más simple que el argumento de la eficiencia, y porque en la política de las emociones la imagen siempre gana sobre el número.
Pero el número existe. Y los chilenos que pagan impuestos, que usan el sistema de salud pública, que mandan a sus hijos a colegios municipales, tienen derecho a saber si ese dinero está llegando donde debe llegar — o si está alimentando comisiones, ineficiencias y una burocracia que creció durante años sin que nadie le exigiera resultados.
Eso es lo que Kast está intentando hacer en Copiapó, en Junaeb, en Cenabast, en los hospitales. No recortar. Ordenar. Y la diferencia entre ambas cosas es exactamente la diferencia entre un gobierno que administra y uno que solo gasta.
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