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EL 55% QUIERE QUE NETANYAHU SE VAYA: LO QUE LA ENCUESTA DICE, LO QUE OCULTA Y POR QUÉ LA OPOSICIÓN NO DEBERÍA CANTAR VICTORIA TODAVÍA

EL 55% QUIERE QUE NETANYAHU SE VAYA: LO QUE LA ENCUESTA DICE, LO QUE OCULTA Y POR QUÉ LA OPOSICIÓN NO DEBERÍA CANTAR VICTORIA TODAVÍA

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by Redacción VDI Global

Una encuesta de Maariv sacude la política israelí en plena guerra: mayoría quiere que Netanyahu no se presente. Pero los números reales cuentan una historia más compleja — y más incómoda para quienes ya están festejando.


Hay una tentación casi irresistible en el periodismo político de convertir una encuesta en un veredicto. El número aparece, el titular se escribe solo, y en pocas horas el dato recorre el mundo como si fuera una sentencia inapelable. Esta semana le tocó a Benjamin Netanyahu. Una encuesta publicada por el diario Maariv reveló que el 55% de los israelíes prefiere que el primer ministro no se presente a las próximas elecciones al Knesset y se retire de la vida política. El 38% quiere que lidere el Likud. El 7% no sabe.

El titular existe. El análisis, en cambio, empieza donde el titular termina.

Desde Israel, donde VDI Global opera y donde seguimos la política local con la perspectiva de quienes viven dentro de ella, la encuesta de Maariv dice cosas importantes — pero también oculta cosas que importan igual o más. Intentar leerla honestamente requiere resistir tanto el entusiasmo de la oposición como el desdén reflejo de quienes consideran a Netanyahu políticamente indestructible.


Lo que la encuesta dice realmente

El primer dato es el más citado: 55% contra 38%. Una mayoría clara quiere que Netanyahu se retire. Pero esa mayoría, ¿es nueva? ¿Es sorprendente? ¿Es accionable políticamente?

No, no y no.

Israel lleva años con una mayoría que desconfía de Netanyahu — en parte por el proceso judicial que pesa sobre él, en parte por el desgaste natural de más de quince años acumulados en el poder, en parte por la fractura política profunda que su figura genera en la sociedad israelí. Lo que la encuesta confirma esta semana no es un giro dramático de la opinión pública. Es la persistencia de una tendencia que existe desde antes de que comenzara la Operación León Rugiente.

El segundo dato que la encuesta entrega — y que los medios internacionales tienden a ignorar porque arruina el relato — es el de la intención de voto. La coalición de Netanyahu se reduciría a 49 escaños. La oposición, sin incluir a los partidos árabes, alcanzaría 61. Ese número de 61 sonó a muchos como una mayoría clara. Pero hay que leerlo con cuidado, porque la aritmética política israelí raramente funciona de forma lineal.

Esos 61 escaños de oposición incluyen partidos que tienen entre sí diferencias ideológicas tan profundas como las que los separan de la coalición. Incluyen al Partido Demócrata de Yair Golan, que en este mismo escenario obtiene 11 escaños — dos menos que la semana anterior. Incluyen a los partidos árabes, que históricamente no forman parte de ningún bloque de gobierno viable en Israel, no porque la ley lo impida, sino porque la política israelí real así funciona.

El tercer dato — el más revelador — es el de los escenarios alternativos que la encuesta exploró. Si Bennett, Lapid y Eisenkot se unen en una lista triple, la combinación más poderosa que la oposición podría construir hoy, obtendrían 49 escaños. No 61. No mayoría. 49. Exactamente los mismos que la coalición de Netanyahu. El partido que más se beneficia de que esa lista no se forme es el Partido Demócrata de Golan, que pasa de 11 a 14 escaños cuando los tres no van juntos — porque absorbe a los votantes que rechazan la alianza.

Esto revela algo estructural sobre la oposición israelí que ningún titular va a publicar: su fuerza depende de su fragmentación. Unidos, son más débiles de lo que parecen. Separados, suman más en las encuestas pero no pueden gobernar.


Netanyahu: el hombre que no termina de irse

La historia política de Benjamin Netanyahu es la historia del político occidental más dado por muerto y más recurrentemente equivocado en ese pronóstico de los últimos treinta años. Ha sobrevivido investigaciones, acusaciones formales, coaliciones que se desintegraron, aliados que lo traicionaron, socios que le declararon la guerra y encuestas que lo sepultaron. Sigue ahí.

No porque los israelíes lo amen incondicionalmente. Las encuestas son claras en eso. Lo que Netanyahu tiene — y que ninguno de sus rivales ha logrado replicar — es una base electoral leal, consolidada y movilizable que funciona con independencia casi total del ciclo de noticias. El núcleo duro del Likud no vota según la última encuesta de Maariv. Vota según una identidad política construida durante décadas que Netanyahu representa mejor que cualquier alternativa disponible en el mercado político israelí actual.

Esa base le da una plataforma de supervivencia que los números brutos de popularidad no reflejan. En un sistema de representación proporcional como el israelí, con un umbral electoral del 3.25%, un partido que mantiene su base leal puede terminar siendo el más grande del sistema incluso cuando la mayoría del país lo rechaza. Y el partido más grande del sistema, en la política israelí, tiene ventajas estructurales enormes a la hora de formar coaliciones.


El problema real de la oposición

El festejo prematuro es el error más común de la oposición israelí frente a Netanyahu, y esta semana lo está repitiendo. El 55% que quiere verlo irse no es una coalición. Es una suma de personas con agendas, prioridades y visiones de Israel completamente distintas que coinciden en una sola cosa: no quieren a Netanyahu. Eso es suficiente para una encuesta. No es suficiente para un gobierno.

Bennett y Lapid ya gobernaron juntos entre 2021 y 2022. Lo que siguió fue el colapso de esa coalición y el regreso de Netanyahu al poder. No porque Netanyahu hubiera cambiado, sino porque las diferencias internas de una coalición construida sobre el único denominador común de oponerse a Netanyahu eran demasiado profundas para sostener un programa de gobierno coherente.

Ahora la pregunta es si la historia puede repetirse al revés: si Bennett, Lapid y eventualmente Eisenkot pueden construir algo más sólido que lo que armaron en 2021. La encuesta sugiere que juntos llegarían a 49 escaños. Que necesitarían sumar a otros para gobernar. Y que cada socio adicional trae sus propias condiciones, sus propias líneas rojas y su propio electorado que monitorea de cerca si sus intereses están siendo representados.

El número 61 de la oposición solo existe en el papel cuando se suma a todo el mundo que no es Netanyahu. El gobierno real requiere algo más difícil: acuerdo sobre qué hacer con el poder una vez que se lo tiene.


La guerra como variable que lo cambia todo

Israel está en guerra. Ese contexto no es un detalle de fondo — es la variable que domina todo lo demás, incluidas las encuestas de popularidad y las intenciones de voto.

Las sociedades en guerra tienden a evaluar a sus líderes con criterios distintos a los de tiempo de paz. La pregunta no es solo si Netanyahu les cae bien o mal. Es si confían en él para conducir la guerra hacia un resultado aceptable. Y ahí los números son más complejos que el simple 55/38 del titular.

La Operación León Rugiente ha producido resultados militares que ningún analista honesto puede ignorar: degradación significativa del arsenal balístico iraní, la alianza con los Emiratos operando en tiempo real con la Cúpula de Hierro desplegada en suelo del Golfo, la base secreta israelí en territorio iraquí que sirvió de plataforma logística para las operaciones, la coordinación sin precedentes con el mando militar estadounidense. Esos son hechos, no relato.

Si la guerra termina con Irán efectivamente degradado, Hezbollah desarmado en el sur del Líbano y los rehenes que aún quedan regresando, Netanyahu tendrá un argumento histórico que ninguna encuesta de intención de voto realizada en mayo de 2026 podrá deshacer. Los líderes de guerra que ganan guerras tienen una resiliencia política que trasciende los ciclos normales de aprobación y desaprobación.

Si la guerra termina en un empate estratégico, en un acuerdo que el público israelí percibe como insuficiente o en un escenario donde los objetivos declarados no fueron alcanzados, la presión para que Netanyahu se retire se volverá políticamente insostenible incluso para su base más leal.

El 55% de la encuesta de Maariv es una fotografía tomada hoy, en el medio de la tormenta. La historia de quién conduce Israel cuando la tormenta pase todavía no está escrita.


Lo que sí está claro

Una cosa que la encuesta confirma sin ambigüedad: el sistema político israelí está en un momento de fluidez inusual. Partidos nuevos ganando escaños, alianzas que se forman y se disuelven semana a semana, figuras como Eisenkot buscando su lugar entre la oposición fragmentada, Golan tratando de consolidar un espacio propio sin quedar aplastado por la sombra de Bennett y Lapid.

Esa fluidez es normal en democracias que funcionan, y la israelí funciona — con toda su complejidad, su intensidad y su ruido. Lo que no es normal es pretender que una encuesta realizada en medio de una guerra activa, con un margen de error del 4.4%, entre 502 personas, es una sentencia sobre el futuro político de un país de nueve millones de habitantes.

Las encuestas miden el estado de ánimo del momento. Las elecciones miden otra cosa. Y las guerras, cuando terminan, reconfiguran todo.

Netanyahu lo sabe mejor que nadie. Por eso sigue ahí.


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