Moreira, trepador y oportunista, quiere ser embajador
A sus 36 años ininterrumpidos en el Congreso —siete elecciones consecutivas, cinco como diputado y doce años como senador—, Iván Moreira, el parlamentario más antiguo en ejercicio de Chile, ya mira más allá de su actual período: quiere terminar su carrera política como embajador en Palestina. Lo dijo sin ningún pudor en una entrevista con BioBioChile, entre risas, "como quien lanza una indirecta, pero bien directa". Esta columna considera que la declaración, más allá de su anécdota, retrata con precisión el tipo de trepadurismo oportunista que caracteriza a una clase política que, tras cuatro décadas ocupando cargos de elección popular, sigue buscando un puesto más antes de bajarse del escenario.
"Me gustaría terminar mi carrera siendo embajador, creo que lo haría muy bien"
Moreira, conocido en la comunidad palestina de Chile como "Abu Moreira" por su cercanía con esa causa dentro de un sector de la derecha donde esa posición es poco habitual, fue explícito sobre su aspiración: "me encantaría terminar mi carrera como embajador, porque creo que lo haría muy bien". Consultado sobre si ya lo había conversado con su partido, reconoció que sí, "en conversaciones informales", y que encontró "en la directiva y bancada de senadores de la UDI un apoyo incondicional por la trayectoria política que tengo". Con el propio Presidente Kast, en cambio, admitió no haberlo hablado todavía, "porque para este deseo mío tenemos que ganar las elecciones de 2029".
La frase que resume el oportunismo: "si gana la izquierda, igual me nombran"
El pasaje más revelador de toda la entrevista es la respuesta que Moreira dio cuando se le consultó si esos cargos no deberían quedar reservados para diplomáticos de carrera: "todos los presidentes han tenido la facultad de designar embajadores de carácter político. Es una atribución presidencial. Pero para eso, primero tenemos que ganar las elecciones del año 2029. Aunque yo creo que si gana la izquierda el 2029 el presidente de turno no tendría complejo en nombrarme embajador en Palestina". Es decir, el propio senador UDI plantea, con una franqueza que raya en lo descarado, que su aspiración diplomática le resulta viable sin importar qué sector gane las próximas elecciones presidenciales: si gana su propio bloque, lo nombrará por lealtad; si gana la izquierda, confía en que también lo hará, apelando a su cercanía histórica con la causa palestina. Esa doble vía de acceso al cargo, planteada sin el menor asomo de autocrítica, es exactamente el tipo de cálculo político que trasciende cualquier convicción ideológica y confirma una lógica de acomodo personal por sobre cualquier proyecto de país.
El resto de la entrevista: defensa cerrada del Gobierno y la megarreforma
Más allá de su aspiración diplomática, Moreira utilizó la entrevista para defender con dureza la gestión del Gobierno de Kast tras el traspié legislativo de la megarreforma en el Senado, que esta columna documentó en detalle: "si finalmente la reforma hubiese sido rechazada, la responsabilidad habría sido exclusivamente de la izquierda, que fue incapaz de apoyar al Gobierno en un tema tan sensible como el financiamiento municipal". Llamó, además, "escaramuza política" al recurso presentado por la oposición ante el Tribunal Constitucional contra la invariabilidad tributaria y el sistema de compensaciones por proyectos con Resolución de Calificación Ambiental rechazados.
Sobre las tensiones internas de la coalición —que esta columna ha documentado extensamente bajo el concepto de "derechita cobarde"—, Moreira reivindicó explícitamente esa etiqueta en tono positivo: "la derechita cobarde es la primera en defender con lealtad al Presidente", y reclamó reconocimiento hacia la UDI por parte de La Moneda, aunque reconoció "asumir nuestra responsabilidad por los traspiés que hemos tenido estas últimas semanas".
Sedini: "la política es sin llorar"
Consultado sobre las declaraciones de Mara Sedini contra el Segundo Piso y dirigentes de su propia coalición, Moreira restó importancia al episodio con una frase que esta columna considera reveladora de la cultura política que critica cualquier autocrítica pública: "nosotros no podemos estar respondiendo los desahogos de la exministra Sedini (...) a la Mara le tenemos mucho cariño, de verdad. Pero ella tiene que entender que la política es sin llorar". Esa misma frase, aplicada en sentido inverso a la propia aspiración diplomática de Moreira, plantea una pregunta legítima: ¿por qué la autocrítica de una exvocera merece ser descalificada como "llanto", mientras la aspiración personal de un senador de casi cuatro décadas en el poder se presenta, sin ironía, como una legítima coronación de carrera?
Lectura editorial: el trepadurismo que sobrevive a todos los gobiernos
Esta columna no cuestiona el derecho legítimo de cualquier parlamentario a aspirar a un cargo diplomático al final de su carrera, ni desconoce el compromiso genuino que Moreira ha mostrado durante años con la causa palestina. Lo que sí merece ser señalado con dureza es la lógica de acomodo que exhibe la declaración: un senador que lleva 36 años en el Congreso, que ya sobrevivió a gobiernos "de todos los colores", planteando sin pudor que aspira a un cargo diplomático que podría obtener tanto si gana su propio sector como si gana la izquierda que hoy critica con dureza. Ese tipo de trepadurismo, que antepone la carrera personal a cualquier convicción de fondo, es exactamente el patrón que esta línea editorial ha cuestionado en otros episodios de la política chilena, y que Moreira, con la misma franqueza con que reparte críticas a la oposición, terminó exhibiendo sobre sí mismo sin proponérselo.