EL MUÑEQUEO Y LA COMPONENDA — EL TELÚRICO REGRESO DE LONGUEIRA A LA UDI Y EL PACTO DE CÚPULA QUE INQUIETA A LA MONEDA
El regreso de Pablo Longueira a la primera línea de la UDI, de la mano de un pacto que instalaría a Jorge Alessandri como próximo presidente del partido, ha removido las aguas de la colectividad e inquietado a La Moneda. Pero lo que más ruido ha generado no es el regreso en sí de uno de los fundadores del gremialismo, sino la forma en que se fraguó: un acuerdo de cúpula, negociado en cenas privadas y oficinas de abogados, que evitó cualquier competencia interna y del cual buena parte de la bancada se enteró por la prensa. Es, en su forma más pura, una operación de las que la política chilena conoce como "muñequeo y componenda": el arte de resolver el poder entre pocos, a puertas cerradas, antes de que nadie más alcance a opinar. Este informe reconstruye la maniobra, sus protagonistas y por qué tensiona tanto a la UDI como al gobierno de José Antonio Kast.
El regreso de una figura telúrica
Pocos nombres generan en la UDI una reacción tan inmediata y polarizada como el de Pablo Longueira. Fundador del gremialismo junto a Jaime Guzmán, senador durante 21 años, ministro de Economía del primer gobierno de Sebastián Piñera y excandidato presidencial, Longueira es una de las figuras más influyentes y controvertidas de la historia del partido. Su carrera pública se interrumpió abruptamente en 2013, cuando renunció a su candidatura presidencial aludiendo a una depresión, y posteriormente quedó envuelto en la arista SQM del financiamiento irregular de la política, causa que finalmente fue sobreseída.
Su reaparición en la primera línea partidaria tiene, por todo ello, un carácter que el propio reportaje que da origen a este análisis calificó de "telúrico": sacude a la UDI desde sus cimientos, reactivando lealtades históricas y resistencias igualmente profundas. Longueira no es una figura neutra: representa una manera de entender la política —la del gremialismo fundacional, la de la construcción paciente de poder territorial y la de la negociación de cúpula— que para unos es el ADN mismo del partido y para otros es un lastre del pasado que la UDI debería haber dejado atrás.
El pacto: Alessandri a la presidencia, sin competencia
El corazón de la operación es un acuerdo mediante el cual Jorge Alessandri —actual presidente de la Cámara de Diputados, bisnieto del expresidente Arturo Alessandri Palma y nieto de Jorge Alessandri Rodríguez— asumiría la presidencia de la UDI con el respaldo de Longueira y de un sector importante del aparato partidario. La maniobra fue diseñada para evitar una competencia interna: en lugar de una elección abierta entre distintas candidaturas, el pacto buscó ordenar de antemano una sucesión pactada, presentando a Alessandri como el nombre de consenso ya cerrado.
El problema, para muchos dentro de la propia UDI, no es tanto el nombre de Alessandri como el método. Según reconstruyó el reportaje, el acuerdo se fraguó en instancias reservadas —cenas, reuniones privadas, conversaciones en oficinas de abogados— y buena parte de la bancada de diputados y de la militancia se enteró de la operación a través de los medios de comunicación, no por sus propios dirigentes. Es precisamente esa mecánica —resolver la conducción del partido entre pocos, a puertas cerradas, y comunicar el resultado como un hecho consumado— la que ha generado el malestar más profundo.
La generación intermedia se rebela contra la cúpula
La reacción más significativa vino de la generación intermedia de la UDI, que vio en la maniobra una imposición de las viejas figuras del partido por sobre la renovación que esa generación viene reclamando hace años. Dirigentes y parlamentarios de esa camada expresaron su molestia por haber sido excluidos de una decisión de tal magnitud, y por la señal que envía hacia el electorado: un partido que, mientras exige transparencia y renovación al resto del sistema político, resuelve su propia conducción mediante un acuerdo de cúpula fraguado entre sus figuras históricas.
Ese malestar conecta con una discusión más amplia que atraviesa a la UDI desde hace tiempo: la tensión entre el aparato histórico del partido —encarnado en figuras como Longueira y su generación— y una camada más joven que busca modernizar la colectividad, darle nuevos rostros y despegarla de los episodios que marcaron su pasado, incluidos los casos de financiamiento irregular. El regreso de Longueira, para esa generación intermedia, no es una buena noticia: es la reaparición del mismo modo de hacer política que creían estar dejando atrás.
La inquietud de La Moneda
El pacto no solo remueve a la UDI internamente: también inquieta al gobierno de José Antonio Kast. La razón es política y estratégica. La UDI es una de las patas de Chile Vamos, la coalición que —pese a las tensiones documentadas en informes anteriores— sostiene la agenda del gobierno en el Congreso. Un cambio en la conducción del partido, y sobre todo el regreso de una figura de tanto peso y autonomía como Longueira, introduce una variable de incertidumbre en un momento en que el Ejecutivo necesita estabilidad en su coalición para sacar adelante la megarreforma de Reconstrucción Nacional.
Longueira no es un dirigente que se subordine con facilidad. Su historial muestra a un político con proyecto propio, capacidad de articulación y una visión estratégica que no necesariamente coincidirá con la del gobierno en todos los frentes. Para La Moneda, el riesgo es que la UDI, bajo la influencia de Longueira, adquiera una dinámica más autónoma —o incluso que Longueira busque posicionar al partido de cara a escenarios electorales futuros con una lógica que no se alinee con los tiempos y las prioridades del Ejecutivo—. En un oficialismo ya tensionado por las disputas entre Chile Vamos, republicanos y libertarios, la reaparición de un actor de este calibre añade un factor de imprevisibilidad que el gobierno preferiría no tener.
Alessandri: el nombre y el linaje
La figura de Jorge Alessandri merece una consideración aparte. Como presidente de la Cámara de Diputados, ha tenido un rol de creciente visibilidad, y su apellido carga con uno de los linajes políticos más pesados de la historia de Chile: es bisnieto de Arturo Alessandri Palma, "el León de Tarapacá", dos veces presidente, y sobrino-nieto de Jorge Alessandri Rodríguez, también expresidente. Ese linaje le otorga un capital simbólico considerable, pero también lo expone a la crítica de representar una política de herencias y apellidos más que de méritos construidos.
El propio reportaje deja entrever que la elección de Alessandri como carta de consenso no fue casual: su figura permite al sector de Longueira presentar una cara relativamente nueva y presentable, mientras el poder real de articulación se mantiene en manos de la generación fundacional. Es una fórmula clásica en la política de cúpulas: un rostro visible que ordena la sucesión, respaldado por el aparato que en realidad mueve las piezas detrás.
El "muñequeo y la componenda" como método
Lo que este episodio ilustra, más allá de los nombres, es la persistencia de una forma de hacer política que la ciudadanía chilena ha aprendido a mirar con creciente desconfianza: la resolución del poder mediante acuerdos de cúpula, negociados en la reserva y comunicados como hechos consumados. El "muñequeo" —el arte de mover influencias entre bambalinas— y la "componenda" —el acuerdo cerrado entre pocos que reparte posiciones y evita la competencia abierta— son prácticas que atraviesan a todo el espectro político chileno, pero que resultan especialmente llamativas cuando las protagoniza un partido que, en su discurso público, reivindica valores de transparencia, mérito y renovación.
La paradoja es evidente: mientras la UDI —como parte del oficialismo— respalda una agenda de gobierno que promete combatir los vicios de la vieja política, su propia conducción interna se resuelve mediante exactamente el tipo de operación que esa retórica dice combatir. No se trata de una ilegalidad —los partidos tienen plena autonomía para definir sus mecanismos internos—, sino de una incoherencia entre el discurso y la práctica que no pasa desapercibida ni para la militancia ni para el electorado.
El trasfondo: una UDI en busca de identidad
El regreso de Longueira y el pacto con Alessandri se inscriben en un momento particular de la UDI, marcado por una búsqueda de identidad y de rol dentro de una derecha profundamente reconfigurada. Tras años en que el Partido Republicano y el Partido Nacional Libertario le arrebataron la hegemonía de la derecha —al punto de que hoy es un republicano, José Antonio Kast, quien ocupa La Moneda—, la UDI enfrenta el desafío de redefinir su lugar: ¿es el ancla tradicional y responsable de la coalición de gobierno, como la ha presentado su actual timonel Guillermo Ramírez? ¿O necesita una refundación que le devuelva protagonismo y proyecto propio?
En ese contexto, el regreso de Longueira representa una apuesta por lo segundo, pero desde el aparato histórico: la idea de que la UDI recupere peso y proyecto de la mano de sus figuras fundacionales, y no de una renovación generacional. Es una apuesta arriesgada, porque reactiva las divisiones internas justo cuando el partido necesitaría cohesión, y porque expone a la colectividad a la crítica de estar mirando al pasado en un momento que exige mirar al futuro.
Lo que queda planteado
El telúrico regreso de Pablo Longueira a la primera línea de la UDI, mediante un pacto de cúpula que instalaría a Jorge Alessandri en la presidencia del partido, deja varias tensiones abiertas. Hacia adentro, enfrenta a la generación fundacional con la intermedia, en una disputa sobre el método —la componenda de cúpula versus la competencia abierta— tanto como sobre los nombres. Hacia el oficialismo, introduce un factor de incertidumbre en una coalición ya tensionada, con una figura de peso y autonomía propia que La Moneda no controla. Y hacia el electorado, expone la distancia entre el discurso de renovación y transparencia que la UDI comparte con el resto del oficialismo, y una práctica interna que responde a la lógica más tradicional del poder.
Ninguno de los dos protagonistas de esta operación carece de trayectoria política —Longueira fue senador por más de dos décadas y ministro; Alessandri preside la Cámara y carga un linaje presidencial—. Pero el pacto que los une no se construyó sobre un proyecto programático debatido abiertamente ante la militancia, sino sobre la mecánica del acuerdo reservado: el muñequeo que ordena las piezas y la componenda que reparte el poder antes de que nadie más alcance a competir. Que esa sea, todavía hoy, la forma en que uno de los principales partidos de Chile resuelve su conducción, dice más sobre el estado de la política chilena que cualquiera de los nombres involucrados.