ENCUESTA EN ISRAEL: BENNETT SUPERA A NETANYAHU SI EISENKOT SE UNE — Y LA COALICIÓN SE TAMBALEA POR LOS ULTRAORTODOXOS
En plena guerra con Irán, la política interna israelí entra en zona de turbulencia. Una encuesta de KAN 11 muestra que la fusión Bennett-Lapid está a un escaño del Likud — y si Eisenkot se suma, lo supera. Simultáneamente, los partidos ultraortodoxos amenazan con desmantelar el gobierno por una disputa sobre el reclutamiento militar. Netanyahu enfrenta un riesgo doble: elecciones cada vez más ajustadas y coalición cada vez más frágil.
Israel nunca para. Ni en guerra. Ni bajo presión de misiles. Ni con el estrecho de Ormuz bloqueado y Trump en Beijing negociando el futuro del conflicto con Irán. La política israelí sigue su propio ciclo con una intensidad que sorprende a quien la observa desde afuera — y que quienes vivimos aquí reconocemos como parte del ADN de esta democracia particular, ruidosa y completamente irreductible a cualquier manual de ciencias políticas.
Esta semana, mientras las FDI operaban en el sur del Líbano, mientras Hezbolá planeaba ocupar Beirut y mientras Trump aterrizaba en Beijing, una encuesta de KAN 11 publicada el martes por la noche reveló un cuadro electoral que tiene implicancias políticas de primer orden: por primera vez en mucho tiempo, Netanyahu y el Likud están genuinamente en riesgo de ser desplazados por una alternativa creíble de centro-derecha.
LOS NÚMEROS QUE IMPORTAN
La encuesta es concisa y explosiva. Si las elecciones se celebraran hoy:
El Likud de Netanyahu: 26 escaños. El partido Juntos de Bennett-Lapid fusionados: 25 escaños. Un escaño de diferencia. La mitad de una lista parlamentaria entre el primer ministro en ejercicio y la alternativa que lo desafía.
Pero el número más significativo es el tercero: Gadi Eisenkot — el exjefe del Estado Mayor de las FDI, figura de enorme credibilidad en seguridad, a quien Bennett y Lapid han intentado incorporar a su fusión — tiene sus propios escaños en la encuesta. Si se suma al bloque Bennett-Lapid, el resultado cambia: Juntos superaría al Likud y se convertiría en el primer partido de Israel.
Eso es una revolución política potencial en un país que lleva años de dominio de Netanyahu.
EL CONTEXTO: LA FUSIÓN BENNETT-LAPID
Para entender el peso de esta encuesta hay que entender lo que representa la fusión entre Naftali Bennett y Yair Lapid — dos figuras que en el pasado fueron rivales dentro del espacio de centro-derecha israelí y que ahora se unieron bajo el nombre "Juntos."
Bennett fue primer ministro entre 2021 y 2022 — el hombre que lideró el gobierno de unidad que relegó a Netanyahu a la oposición por primera vez en más de una década. Su perfil es el de un tecnócrata de derecha con credencial de seguridad sólida — ex jefe del Consejo de Seguridad Nacional, ex ministro de Defensa, paracaidista. No es un paloma. No es un liberal de salón. Es alguien que le puede hablar al electorado de centro-derecha que hoy vota Likud con incomodidad creciente.
Lapid fue primer ministro interino, lidera Yesh Atid y representa a la clase media urbana secular de Tel Aviv y sus alrededores. Su fortaleza es la coalición que construyó con los partidos de centro y el arco secular.
Juntos como bloque tiene la capacidad de atraer simultáneamente a votantes de derecha que quieren un giro sin Netanyahu y a votantes de centro que quieren estabilidad. Es una combinación que el propio Netanyahu identificó como su principal amenaza electoral — y que explica por qué la encuesta lo muestra con solo un escaño de ventaja.
EISENKOT: EL FACTOR QUE LO CAMBIA TODO
Gadi Eisenkot es quizás la figura más respetada de las fuerzas armadas israelíes de los últimos veinte años. Fue jefe del Estado Mayor de las FDI entre 2015 y 2019. Bajo su liderazgo, Israel desarrolló la "Doctrina Dahiya" actualizada — la estrategia de atacar infraestructura civil de doble uso en contextos de guerra asimétrica — y ejecutó cientos de operaciones en Siria contra el traslado de armas iraníes a Hezbolá.
Eisenkot entró a la política hace algunos años y tiene credencial de seguridad que pocos en Israel pueden igualar. En un país en guerra, esa credencial vale lo que ningún discurso político puede comprar.
Si Eisenkot se suma formalmente al bloque Juntos, el partido ganaría escaños que hoy están distribuidos entre otras listas — y superaría al Likud. Para Netanyahu, eso es la peor noticia posible: significa que la alternativa a su gobierno no es la izquierda que él puede desacreditar como blanda en seguridad, sino un bloque de centro-derecha liderado por un ex primer ministro y un ex jefe del Estado Mayor. Eso no tiene antídoto retórico fácil.
LA CRISIS INTERNA: LOS ULTRAORTODOXOS Y EL RECLUTAMIENTO
Pero la amenaza electoral es solo una de las presiones que Netanyahu enfrenta esta semana. La otra es interna — y potencialmente más inmediata.
La disputa gira en torno al proyecto de ley de reclutamiento de judíos ultraortodoxos — uno de los temas más explosivos de la política israelí, que lleva décadas generando crisis de gobierno. Los estudiantes de yeshivá están exentos del servicio militar obligatorio desde los primeros años del Estado — una exención que nació como un acuerdo político entre Ben-Gurión y los líderes religiosos de la época y que con el tiempo se convirtió en una disputa permanente entre la sociedad secular israelí y el mundo haredi.
El Tribunal Supremo israelí ordenó este año que se comenzaran a aplicar sanciones económicas a los ultraortodoxos que no se alistan — una decisión de enorme peso institucional. Netanyahu intentó navegar entre esa presión judicial y la presión de sus socios de coalición ultraortodoxos impulsando una ley que extiende el servicio militar para quienes ya están en activo — sin resolver simultáneamente el tema del reclutamiento haredi.
Los partidos ultraortodoxos leyeron eso como una traición al equilibrio político que el primer ministro había prometido mantener. Y amenazaron con iniciar el proceso de desmantelamiento del gobierno.
Para Netanyahu, el dilema es geométrico: si cede ante los ultraortodoxos en el reclutamiento, pierde credibilidad ante los partidos de centro-derecha de su coalición y ante la opinión pública secular — que ve en la igualdad de la carga militar una exigencia de justicia básica. Si no cede, los partidos ultraortodoxos pueden derrumbar la coalición y forzar elecciones anticipadas en el peor momento posible — en medio de una guerra con Irán.
LO QUE TODO ESTO DICE SOBRE ISRAEL
Hay dos lecturas simultáneas de esta situación que no se contradicen.
La primera es que la democracia israelí funciona. Un país en guerra — con misiles cayendo, con soldados en el sur del Líbano, con el norte evacuado, con la economía bajo presión del bloqueo de Ormuz y el séquel en máximo de 33 años — sigue teniendo una política interna vibrante, elecciones que se sienten en los datos de encuestas y una oposición que crece. Eso no es debilidad. Es resiliencia democrática de primer nivel.
La segunda es que Netanyahu — el estadista más experimentado de Israel, el primer ministro con más tiempo acumulado en el cargo de la historia del país — enfrenta la convergencia de varias presiones simultáneas en el momento más delicado de su mandato. La guerra le dio legitimidad para gobernar con mano firme. Pero la guerra también consume recursos políticos, genera frustraciones acumuladas y crea espacio para que alternativas creíbles en seguridad — como Bennett-Lapid-Eisenkot — presenten una propuesta diferente sin sacrificar la credibilidad en defensa que los israelíes exigen.
El resultado de esta combinación — encuesta ajustada, coalición inestable, guerra en curso y disputa ultraortodoxa — es un tablero político israelí que puede cambiar rápidamente en cualquier dirección.
Desde Israel, seguimos de cerca. Y a veces la política interna es tan intensa como el conflicto externo.
Análisis elaborado por el equipo de VDI Global desde Israel.