FALTA METICULOSIDAD EN EL GOBIERNO: EL SALTO DE 30 A 120 DÍAS QUE NADIE SUPO EXPLICAR, Y EL COSTO POLÍTICO QUE YA PAGA LA REFORMA DE SEGURIDAD
Esta columna ha respaldado, de manera consistente y sin ambigüedades, el fondo sustantivo de la reforma constitucional de seguridad del gobierno de Kast. Precisamente por ese respaldo, considera indispensable señalar con la misma firmeza cuando la ejecución técnica de esa misma agenda falla por falta de rigor interno, y no por la resistencia ideológica del Frente Amplio o el PC que esta columna ya ha denunciado en coberturas anteriores. El episodio que hoy examinamos —el salto injustificado de 30 a 120 días en la duración del nuevo estado de excepción— es, lisa y llanamente, un tropiezo autoinfligido que un gobierno serio no puede permitirse.
El salto que nadie puede explicar: de 30 a 120 días, sin análisis previo
Esta columna considera indispensable reconstruir, con la precisión que exige este episodio, cómo se llegó a un plazo que ni siquiera figuraba en los borradores previos de la reforma. Uno de los documentos que circulaba entre los propios parlamentarios establecía un plazo de 30 días para la vigencia del nuevo estado de excepción, cifra que fue cuadruplicada en los ajustes finales antes de ingresar el proyecto al Congreso. Esta columna considera gravísimo que esa cuadruplicación no haya sido socializada en ningún trabajo prelegislativo con los propios partidos oficialistas, generando un rechazo transversal que fue, según ya documentó esta columna en su cobertura sobre el desmarque de Guillermo Ramírez y la posterior alineación de Andrea Balladares, "desde la izquierda hasta el Partido Nacional Libertario".
Nadie sabe quién lo propuso: el gobierno se acusa a sí mismo en cadena
Esta columna considera que el elemento más revelador de todo este reportaje es la confesión implícita de descoordinación interna que exhibe el propio gobierno. En Seguridad dicen que la cifra fue conversada con la Segpres; en la Segpres responsabilizan a Seguridad; en Defensa afirman que ni siquiera participaron, pese a que el ministro Fernando Barros firmó el proyecto junto al Presidente. Parlamentarios oficialistas sospechan, además, que el propio Segundo Piso habría intentado negociar "con el tejo pasado" para abrir un debate constitucional más amplio del que el gobierno reconoce públicamente. Esta columna considera que este nivel de confusión sobre la autoría de una medida tan sensible —que compromete garantías constitucionales básicas hasta por ocho meses— confirma exactamente la falta de meticulosidad que titula esta cobertura.
Sin encuesta, sin estudio, solo confianza ciega
Esta columna considera el antecedente más grave de todo este reportaje el reconocimiento explícito de fuentes de La Moneda: no se hizo ningún estudio ni análisis previo para endurecer la reforma, ni se revisaron encuestas de opinión antes de fijar esta cifra. Confiaban, según una de esas fuentes, en que existía un respaldo ciudadano amplio para cualquier medida de seguridad, por tratarse de la principal prioridad nacional. El propio ministro Arrau, ante las primeras críticas, llegó a desafiar a sus detractores: "hagamos una encuesta y preguntémosle a la gente qué opina". Esta columna considera que esa frase, formulada con la confianza de quien no ha hecho la tarea previa, se convirtió en un boomerang: la encuesta Cadem de este jueves confirmó exactamente lo contrario de lo que el propio ministro esperaba.
El balde de agua fría: 58% rechaza que el Presidente decrete el estado de excepción solo
Esta columna reproduce, con la precisión que exige este dato decisivo, el resultado que desmintió la confianza ciega del gobierno: un 58% de los encuestados se opone a que el estado de excepción sea decretado únicamente por el Presidente, sin pasar por el Congreso. Si la medida sí pasara por el Parlamento, el respaldo sube considerablemente, a un 52%. El mismo sondeo mostró rechazo mayoritario a la interceptación de comunicaciones (46% en contra), la restricción de la libertad de tránsito (54% en contra) y la limitación de la libertad de reunión (54% en contra). Esta columna considera que estos números confirman algo que un mínimo trabajo técnico previo habría anticipado sin necesidad de ninguna encuesta: que la ciudadanía chilena, aun respaldando ampliamente el combate al crimen organizado, exige que las herramientas excepcionales del Estado mantengan control institucional, no discrecionalidad presidencial sin contrapeso.
La justificación tardía: renovar el estado de emergencia más de 60 veces
Esta columna reconoce, con la misma honestidad que exige cualquier análisis riguroso, que el gobierno sí ofrece una justificación técnica de fondo para extender el plazo: el Ejecutivo ha debido pedir permiso al Congreso más de 60 veces para renovar el estado de emergencia vigente en la Macrozona Sur desde hace casi cinco años, dado que el plazo actual de extensión es de apenas 15 días. Esta columna considera que ese problema es real y merece una solución legislativa seria. Pero el salto de 30 a 120 días, sin pasar siquiera por un plazo intermedio razonable ni por el análisis comparado que la propia reforma cita —los cuatro proyectos legislativos previos que menciona el propio mensaje fijan un máximo de 60 días renovables, no 120—, confirma que la solución elegida no fue el resultado de un diseño técnico cuidadoso, sino de una decisión de última hora sin el escrutinio interno que una medida de esta envergadura exige.
El propio Squella pide moderación: hasta el aliado histórico de Arrau
Esta columna considera revelador que incluso Arturo Squella, presidente del Partido Republicano e histórico aliado del ministro Arrau, haya llamado a moderar la medida. Esta columna ya documentó extensamente, en su cobertura sobre el desmarque de la UDI y la posterior alineación de RN, que las objeciones a esta reforma no provienen de la izquierda que carece de autoridad moral para criticarla, sino de sectores propios de la coalición de gobierno que identificaron, con razón técnica, un diseño defectuoso que exigía corrección antes de su tramitación definitiva.
Arrau cede: mesa de negociación y prioridades replanteadas
Esta columna considera que la respuesta del ministro Arrau, aunque tardía, es la correcta: acordó una mesa de negociación con los partidos para revisar redacción y contenido, y ya puso en duda que se mantenga la suma urgencia original, señalando que su prioridad inmediata pasa a ser sacar adelante medidas ya en discusión, como las Reglas de Uso de la Fuerza y la Ley Nain-Retamal 2.0, que esta columna ya respaldó en su cobertura específica sobre esa reforma. En esa mesa podrían moderarse, además, la restricción de derechos sociales para condenados y el registro de organizaciones criminales, puntos que esta columna ya identificó como objeciones técnicas legítimas en su cobertura sobre las advertencias de exautoridades y académicos.
Lectura editorial: el fondo sigue siendo correcto, la ejecución fue negligente
Esta columna mantiene, sin matices, su respaldo al fondo de la agenda de seguridad de Kast, y su exigencia de que el Frente Amplio y el Partido Comunista dejen de utilizar esta reforma como excusa para sermones morales que carecen de autoridad histórica, según ya documentamos en nuestra cobertura sobre "no me hago cargo". Pero esta columna no puede, con el mismo estándar de rigor que aplica a cualquier actor político, eximir al propio gobierno de la responsabilidad por este tropiezo específico: fijar un plazo cuadruplicado sin análisis técnico, sin socialización prelegislativa y sin siquiera consultar la propia opinión pública antes de presentarlo, es exactamente el tipo de improvisación que un gobierno que se presenta como serio y meticuloso no puede permitirse en una materia de esta sensibilidad constitucional.
Lo que corresponde exigir
Esta columna exige que el Ministerio de Seguridad transparente, de una vez, cómo se estimó originalmente la cifra de 120 a 240 días, y quién específicamente tomó esa decisión dentro del propio gobierno, en lugar de mantener la ambigüedad cruzada que hoy exhiben Seguridad, Segpres y Defensa. Exige, además, que cualquier ajuste futuro a esta reforma se someta al mismo estudio técnico y de opinión pública que debió realizarse desde el inicio, evitando que la falta de meticulosidad interna siga erosionando el respaldo ciudadano a una agenda que, en su fondo, esta columna considera necesaria y correcta.
Conclusión: el gobierno debe aprender de sus propios errores de ejecución
Esta columna concluye que este tropiezo confirma que el mayor riesgo actual para la agenda de seguridad de Kast no proviene de la oposición ideológica de la izquierda, sino de la falta de meticulosidad técnica dentro del propio gobierno. VDI Global exige que esta lección se traduzca en un proceso más riguroso para el resto de la tramitación, precisamente para que una reforma necesaria no termine debilitada por errores propios y evitables.