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ISRAEL GANÓ BATALLAS PERO NO LA GUERRA: LA CRISIS ESTRATÉGICA QUE NADIE EN JERUSALÉN QUIERE NOMBRAR

ISRAEL GANÓ BATALLAS PERO NO LA GUERRA: LA CRISIS ESTRATÉGICA QUE NADIE EN JERUSALÉN QUIERE NOMBRAR

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by Redacción VDI Global

Después de más de 1.000 días de guerra en múltiples frentes, Israel domina las tácticas pero carece de una visión para el día después. Sin estrategia, los años de sacrificio pueden resultar insuficientes para cambiar el Medio Oriente de manera duradera.


Hay preguntas que los países en guerra no se permiten hacer mientras pelean. Las reservan para después, para cuando el polvo se asienta y es posible mirar el cuadro completo sin que la urgencia del combate distorsione el análisis. Israel lleva más de 1.000 días en guerra — más tiempo del que le tomó a Estados Unidos entrar en Alemania desde el desembarco inicial en el norte de África en 1942 — y esas preguntas no pueden esperar más.

Seth Frantzman, analista del Jerusalem Post, las formuló esta semana con una claridad que incomoda precisamente porque viene de adentro. Su argumento central no es una crítica a las Fuerzas de Defensa de Israel ni a los soldados que llevan más de tres años peleando con un profesionalismo y una determinación que merece respeto sin calificativos. Su argumento es político y estratégico: Israel ha construido una maquinaria táctica extraordinaria, pero opera sin una visión clara sobre el estado final que busca alcanzar. Y sin esa visión, las tácticas — por brillantes que sean — no producen victorias decisivas.

Desde Israel, donde VDI Global opera y cubre este conflicto de primera mano, ese análisis resuena con una fuerza particular. Lo que sigue es nuestra lectura del cuadro completo.


EL PROBLEMA DE CLAUSEWITZ EN EL MEDITERRÁNEO ORIENTAL

Carl von Clausewitz escribió en el siglo XIX que la guerra es la continuación de la política por otros medios. La fórmula es conocida, pero su implicación más profunda suele olvidarse: si la guerra es un instrumento político, entonces debe tener un objetivo político claro. No un objetivo táctico — no "destruir el batallón X" o "tomar el barrio Y" — sino un objetivo estratégico que responda la pregunta fundamental: ¿cómo se ve el mundo cuando esta guerra termine y hayamos ganado?

Israel libra una guerra en múltiples frentes desde el 7 de octubre de 2023. El ataque de Hamás — la peor matanza de judíos desde el Holocausto, con más de 1.200 muertos y 251 secuestrados en un solo día — desencadenó una reacción en cadena que Irán había orquestado con paciencia. Hezbolá desde el norte, los hutíes desde Yemen, las milicias iraquíes desde el este. Israel se encontró de pronto enfrentando simultáneamente a todos los brazos del llamado "Eje de la Resistencia."

La respuesta militar israelí fue impresionante en términos tácticos. Gaza fue sometida a una campaña terrestre de más de dos años. Hezbolá recibió golpes sin precedentes — su secretario general Hassan Nasrallah eliminado, su cúpula militar diezmada, sus túneles destruidos, su infraestructura de misiles degradada. Los hutíes fueron bombardeados. Las milicias iraquíes atacadas. Irán mismo fue golpeado directamente por primera vez en la historia — y luego de escalar el conflicto, el 28 de febrero de 2026 se inició formalmente la guerra EEUU-Israel contra Irán, hoy en tregua activa pero violada diariamente.

El problema no es la calidad del instrumento militar. El problema es que nadie ha definido con precisión para qué se usa.


GAZA: EL FRACASO ESTRATÉGICO MÁS VISIBLE

Empecemos por Gaza, porque es donde la brecha entre táctica y estrategia resulta más evidente y más costosa.

En los días posteriores al 7 de octubre, funcionarios israelíes declararon públicamente que "Hamás es el ISIS." La comparación era exacta y la conclusión lógica era obvia: así como el ISIS fue expulsado de Mosul y Raqa gracias a una campaña sostenida con objetivos claros y coordinación político-militar, Hamás debía ser expulsado de Gaza. No neutralizado temporalmente. No debilitado. Expulsado del poder.

Eso no ocurrió. El alto el fuego de octubre de 2025 permitió el regreso de los rehenes — un logro humano real que merece ser reconocido sin reservas. Pero Hamás permanece. Controla Gaza. Sus cuadros políticos operan desde Qatar. Sus estructuras militares, muy golpeadas, se reorganizan. Y dos millones de civiles palestinos siguen viviendo bajo su dominio, sin acceso a educación libre de su influencia, sin servicios de salud independientes, en condiciones de miseria que ningún plan de reconstrucción serio ha comenzado a revertir.

La Junta de Paz creada en el marco del proceso de negociación, el CMCC y el concepto de una fuerza internacional de estabilización llevan meses sin producir resultados concretos. Soldados albaneses y kosovares dieron algunos primeros pasos hacia su despliegue, pero el proceso avanza a paso de tortuga. Esta semana se habló nuevamente del desarme de Hamás — y nuevamente sin un plan concreto, sin etapas, sin plazos, sin mecanismos de verificación.

La analogía histórica que usa Frantzman es poderosa: sería como si los Aliados en 1945, después de años de guerra contra los nazis, hubieran decidido hacerlos retroceder al otro lado del Rin y mantenerlos en un "estado residual en Baviera" sin expulsarlos del poder. Ningún estratega serio en Londres, Moscú o Washington habría aceptado ese resultado. Nadie habría llamado a eso una victoria.

Sin embargo, en Gaza, eso es esencialmente lo que ocurrió. Y la pregunta sobre por qué — sobre qué combinación de presión internacional, cálculo político interno y ausencia de visión estratégica llevó a este resultado — es la que Israel necesita responder con honestidad.


LÍBANO: LA TÁCTICA SIN FIN

La situación en el Líbano replica el patrón con algunas variaciones. Hezbolá recibió golpes históricos durante 2024 y 2025. Nasrallah eliminado. La cúpula militar diezmada. La Fuerza Radwan — su unidad de élite de infiltración — con su comandante eliminado esta misma semana en un ataque israelí en Beirut. Más de 250 terroristas eliminados en las últimas semanas. Cinco rutas de túneles destruidas. Doce aldeas evacuadas por las FDI al sur de la frontera.

Y sin embargo, Hezbolá sigue ahí. Controla su territorio en el sur. Sigue lanzando ataques contra el norte de Israel y contra las tropas israelíes en la zona de amortiguación. Esta noche misma, mientras se escriben estas líneas, las FDI cancelaron eventos civiles en las comunidades fronterizas ante la amenaza de represalia por el ataque en Beirut. Las familias del norte de Israel no pueden llevar a sus hijos a un evento en la plaza de su pueblo porque el ejército evalúa que el riesgo de cohetes de Hezbolá es real e inmediato.

El gobierno libanés ha demostrado que no puede — o no quiere — desarmar a Hezbolá. El presidente Aoun se niega a reunirse directamente con Netanyahu hasta que haya un acuerdo de seguridad previo y hasta que Israel detenga sus operaciones. Es el círculo vicioso diplomático de siempre: cada parte exige al otro que dé el primer paso.

Desde Jerusalén se han escuchado declaraciones categóricas sobre que Hezbolá será desarmado "por las buenas o por las malas." Pero nadie ha explicado el mecanismo. ¿Qué armas exactamente? ¿En qué zonas? ¿Con qué verificación? ¿En qué plazos? Sin respuestas concretas a esas preguntas, el compromiso es retórica, no estrategia.


IRÁN: EL TABLERO QUE PUEDE CONGELARSE

El frente iraní es donde la ausencia de estrategia tiene las consecuencias más graves para el largo plazo.

Esta semana la CIA informó a la administración Trump que Irán puede resistir el bloqueo naval durante al menos tres o cuatro meses antes de enfrentar dificultades económicas graves. Pero el dato más inquietante es el militar: Irán conserva el 75% de sus lanzadores móviles de misiles y el 70% de su arsenal. Y casi todas sus instalaciones de almacenamiento subterráneo han sido restauradas y reabiertas.

Simultáneamente, Washington y Teherán se encuentran, según reportes del 6 de mayo, "cerca de un marco" para 30 días de conversaciones nucleares. Si ese proceso avanza y desemboca en un acuerdo, Israel deberá responder con honestidad una pregunta que nadie ha respondido públicamente todavía: ¿para qué fue exactamente la guerra con Irán?

¿Era para destruir el programa nuclear? ¿Para eliminar la capacidad de misiles? ¿Para producir un cambio de régimen? Cada uno de esos objetivos implica una estrategia diferente, con instrumentos diferentes y con criterios de éxito diferentes. Si el objetivo era el programa nuclear y EEUU llega a un acuerdo con Teherán sobre ese punto específico, ¿considera Israel que se logró lo que buscaba? ¿O el objetivo real era algo más amplio — un cambio de régimen, una transformación del Medio Oriente — que ningún acuerdo nuclear va a producir?

Planes para alentar a los kurdos a sublevarse en Irán fueron reportados recientemente con resultados decepcionantes. Los kurdos son una minoría que vive en una región específica, no quieren ser usados como herramienta y no tienen la masa crítica para producir un cambio de régimen por sí solos. El régimen iraní puede caer algún día — ningún régimen autoritario dura para siempre — pero ese día no llegará simplemente porque Israel y EEUU lo deseen.


EL ÚNICO ÉXITO DECISIVO — Y LO QUE SE HIZO CON ÉL

En medio de este cuadro complejo hay un éxito estratégico real e indiscutible: la caída del régimen de Assad en Siria. Fue consecuencia directa de los golpes que Hezbolá recibió en noviembre de 2024 — debilitado Hezbolá, el principal soporte externo de Assad, los rebeldes sirios tuvieron la ventana que necesitaban y la aprovecharon. Assad cayó. Décadas de alianza con Irán y de uso de territorio sirio para abastecer a Hezbolá llegaron a su fin.

Esto debería haber sido celebrado en Jerusalén como una victoria estratégica de primer orden. En cambio, Israel trató al nuevo gobierno de Ahmed al-Shara'a como una amenaza, bombardeó posiciones sirias, y obligó a Washington a intervenir para intentar calmar la situación. Una potencial apertura diplomática con un gobierno post-Assad fue convertida en otro frente de fricción.

Es la ilustración más clara de la tesis de Frantzman: sin una visión estratégica sobre qué tipo de Medio Oriente quiere Israel construir, incluso los éxitos tácticos y estratégicos se desperdician.


LO QUE ISRAEL TIENE — Y LO QUE NECESITA HACER CON ELLO

Sería injusto terminar este análisis sin señalar lo que Israel sí tiene — y es mucho. Tiene el ejército más capaz de la región. Tiene inteligencia superior demostrada en cada operación de los últimos tres años. Tiene los Acuerdos de Abraham — relaciones normalizadas con EAU, Bahréin, Marruecos y Sudán — que representan un cambio histórico en la arquitectura regional. Tiene, por primera vez en la historia, la Cúpula de Hierro desplegada en suelo emiratí. Tiene a una administración Trump que es el aliado más activo que Israel ha tenido en décadas.

Lo que le falta — y lo que Frantzman señala con precisión — es traducir todo ese capital en una visión política coherente para el día después. Una visión que responda: ¿cómo se ve el Medio Oriente que Israel quiere habitar dentro de diez años? ¿Qué pasa con los dos millones de gazatíes? ¿Qué gobierno administra Gaza sin Hamás? ¿Bajo qué condiciones Israel acepta retirarse del sur del Líbano? ¿Qué garantías son suficientes? ¿Cuál es la propuesta israelí para el día después en Irán si el régimen cae?

Esas preguntas no tienen respuestas fáciles. Pero son exactamente las preguntas que un liderazgo estratégico tiene la obligación de hacerse — y de responder — mientras todavía hay tiempo de influir sobre el tablero.

Porque si EEUU llega a un acuerdo con Irán que congela el conflicto en sus términos actuales, y si Israel no tiene una visión propia de lo que viene después, Jerusalén habrá delegado su estrategia en Washington. Y ningún país — especialmente uno que vive en el vecindario — puede permitirse ese lujo.

Los años de guerra tienen que producir algo más que una nueva Línea Maginot en el desierto. Tienen que producir un Medio Oriente diferente. Eso requiere táctica y estrategia. Israel tiene la primera. La segunda está pendiente.

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