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Pinochet y Kast frente a Washington, Londres y Buenos Aires: lo que dicen los hechos

Pinochet y Kast frente a Washington, Londres y Buenos Aires: lo que dicen los hechos

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by Redacción VDI Global

Un ejercicio de memoria histórica antes de repartir etiquetas


Comparar a José Antonio Kast con Augusto Pinochet es, hoy, un reflejo casi automático en el debate chileno: la derecha conservadora invita a esa comparación por afinidad ideológica, y sus críticos la usan como advertencia. Pero cuando se trata específicamente de política exterior hacia Estados Unidos, Gran Bretaña y Argentina —y en particular hacia la Cuestión Malvinas—, la comparación histórica arroja un resultado que no calza con el sentido común instalado. Vale la pena revisarla con calma, con fechas y con fuentes.

Pinochet y Estados Unidos: alianza, ruptura y presión final

Augusto Pinochet y Henry Kissinger

La relación de Pinochet con Washington no fue lineal ni de sumisión constante, como suele simplificarse. Entre 1973 y 1976 contó con el respaldo discreto de la administración Nixon-Kissinger, coherente con la lógica de la Guerra Fría. Pero esa cercanía se quebró con el asesinato de Orlando Letelier en Washington DC en 1976, un atentado terrorista de la DINA en suelo estadounidense que envenenó la relación bilateral durante años. Con Carter llegó la política de derechos humanos y el enfriamiento; con el Congreso estadounidense llegó el embargo de armas (enmienda Kennedy). Incluso con Reagan, inicialmente más condescendiente con el régimen por razones anticomunistas, la relación terminó girando hacia la presión abierta a favor del plebiscito de 1988 y la transición a la democracia. Es decir: la relación de Pinochet con EE.UU. fue de alineamiento ideológico inicial, ruptura por crímenes de Estado, y presión final para que se fuera del poder.

Quien esto escribe vivió esos años en Chile y guarda la convicción, formada en esa época, de que detrás del enfriamiento con Washington estaba también la resistencia de Pinochet a entregar el poder a una alternativa de recambio impulsada desde fuera. La historiografía disponible no ha documentado ese episodio con la misma solidez con que documenta, por ejemplo, el financiamiento de la CIA a la candidatura de Eduardo Frei Montalva en 1964 —un hecho establecido por la propia Comisión Church del Senado de EE.UU.—; queda planteado aquí como testimonio de época, no como hecho probado.

Pinochet y Gran Bretaña: la "neutralidad" que no fue tal

Margaret Thatcher y Augusto Pinochet

Este es el punto más incómodo de la comparación, y el que más se suele omitir. Durante la Guerra de las Malvinas de 1982, el gobierno de Pinochet declaró públicamente neutralidad y se abstuvo en las votaciones de la Organización de Estados Americanos que respaldaban a Argentina. Pero en paralelo, y de forma secreta, autorizó la cooperación militar y de inteligencia con el Reino Unido: uso de la base aérea de Punta Arenas para aviones de la RAF, radares de largo alcance que alertaban a la flota británica sobre despegues argentinos, y presencia de oficiales de inteligencia británicos en territorio chileno. El propio comandante en jefe de la Fuerza Aérea de la época, general Fernando Matthei, lo reconoció públicamente años después, y la colaboración fue documentada en archivos desclasificados del Reino Unido y en la investigación periodística "El Pacto Perfecto" (Daniel Avendaño y Mauricio Palma). El oficial británico que gestionó el acuerdo, Sidney Edwards, llegó a declarar que sin la ayuda chilena "hubiésemos perdido la guerra". El motivo no era ideológico sino geopolítico: el temor a que, tras una victoria argentina en el Atlántico Sur, la Junta de Videla dirigiera su próximo movimiento hacia el conflicto limítrofe del Beagle, que casi había derivado en guerra abierta apenas cuatro años antes.

Dicho de otro modo: el único antecedente histórico de un gobierno chileno tomando partido activo en el asunto Malvinas es el de Pinochet, y lo hizo del lado de Londres. Pero conviene leer esa decisión en su contexto real y no como un capricho ni como una anomalía moral: apenas cuatro años antes, Argentina había declarado "insanablemente nulo" un laudo arbitral que ella misma se había comprometido a respetar, y había llevado la crisis del Beagle al borde de la guerra abierta con Chile. El propio Matthei fue explícito sobre el cálculo: el temor era que, envalentonada por una eventual victoria en Malvinas, la Junta de Videla "caminara derecho" hacia una nueva escalada en el sur de Chile. Vista así, la cooperación de Pinochet con el Reino Unido no fue una traición gratuita a un vecino confiable, sino una respuesta estratégica —silenciosa, pragmática y en los hechos exitosa— frente a un país que ya había demostrado, con el "insanablemente nulo", que estaba dispuesto a desconocer el derecho internacional cuando el fallo no le convenía.

Tropas chilenas movilizadas en el Beagle

Aquí conviene detenerse en el cargo que suele repetirse desde el otro lado de la cordillera: que Chile "traicionó" a Argentina en 1982. El cargo tiene un problema lógico de origen. La traición solo puede cometerse contra un aliado, un socio o, al menos, un vecino en términos de confianza mutua vigente. Entre 1978 y 1983, Chile y Argentina no eran nada de eso: eran, en los hechos, adversarios estratégicos con planes de guerra activos el uno contra el otro. Argentina había desconocido un fallo arbitral vinculante y preparado la Operación Soberanía para invadir militarmente territorio chileno en diciembre de 1978, abortada solo por la mediación papal; Chile, por su parte, mantuvo movilizadas tropas en la frontera y desconfianza operativa hacia Buenos Aires durante todo ese período, incluso después de la crisis de 1978. En ese contexto, calificar de "traición" la decisión chilena de cooperar con un tercer país contra quien meses antes había estado a horas de invadirlo es, cuando menos, una exigencia moral que Argentina nunca le aplicó a sí misma respecto del laudo del Beagle. No se traiciona a quien ya se ha situado, con hechos concretos y una amenaza militar real, en la posición de adversario.

Quien esto escribe estuvo movilizado en la frontera, a la altura de Valdivia, en 1978, con veinte años y dos meses. Para quien vivió esa movilización desde el terreno, la distinción entre "adversario estratégico" y "enemigo a derrotar" no era académica: era la sensación concreta de estar, con el fusil al hombro, frente a un ejército que se preparaba para cruzar la frontera. Quede consignado aquí como lo que es —el recuerdo de quien lo vivió— y no como la caracterización oficial que en su momento usó el Estado de Chile, que formalmente habló de conflicto limítrofe con un país vecino, no de una guerra declarada.

Pinochet y Argentina: al borde de la guerra

La relación de Pinochet con Argentina no fue de rivalidad retórica sino de conflicto militar real. En 1978, ambos países estuvieron a horas de entrar en guerra por la soberanía de las islas Picton, Lennox y Nueva en el Canal de Beagle; solo la mediación del Vaticano bajo Juan Pablo II evitó el enfrentamiento, que se resolvió recién con el Tratado de Paz y Amistad de 1984, ya en dictadura pero en el tramo final de esta. La desconfianza mutua entre las juntas militares de Pinochet y Videla fue tan profunda que, según relatos de exjefes militares argentinos, en Buenos Aires se llegó a evaluar una acción contra Chile después de Malvinas.

General Augusto Pinochet y General Videla

Enemigos, no rivales: por qué no hubo traición posible

Con esos hechos sobre la mesa —tropas movilizadas, un plan de invasión concreto en diciembre de 1978, y la evaluación posterior de una segunda ofensiva tras Malvinas— esta línea editorial no ve espacio para describir la relación de esos años como una rivalidad entre países vecinos momentáneamente distanciados. Fue, en los hechos, una relación entre enemigos, en el sentido más literal y militar del término: dos ejércitos preparados para combatirse. Y a un enemigo no se le traiciona; se le derrota, o él te derrota a ti. El cargo de "traición" que Argentina ha repetido durante más de cuatro décadas respecto de la cooperación chilena con Londres en 1982 presupone un vínculo de lealtad previa que, en los hechos verificables de 1978, jamás existió.

El otro lado de la moneda: el patrón de fricción en la frontera austral

Antes de pasar a Kast, hay un antecedente que conviene incorporar con rigor, porque sostiene con hechos —no con adjetivos— la desconfianza histórica chilena hacia las señales que llegan desde Buenos Aires en el extremo sur.

El laudo del Beagle y el "insanablemente nulo" (1977-1978).

En 1977, un tribunal arbitral bajo la Corona británica —mecanismo que ambos países habían aceptado de antemano como vinculante mediante el Tratado General de Arbitraje de 1902— falló íntegramente a favor de la soberanía chilena sobre las islas Picton, Nueva y Lennox. El 25 de enero de 1978, el canciller argentino Óscar Antonio Montes comunicó formalmente al embajador de Chile que su gobierno declaraba el laudo "insanablemente nulo", negándose a reconocer cualquier título de soberanía chilena derivado de él. Jurídicamente, esa declaración unilateral no tenía sustento en el propio tratado de arbitraje que Argentina había firmado: un fallo pactado como inapelable no puede anularse por la sola voluntad de la parte perdedora. La crisis escaló hasta la Operación Soberanía, el plan militar argentino para ocupar las islas en disputa, abortado la noche del 21 al 22 de diciembre de 1978 solo por la mediación del Papa Juan Pablo II. El conflicto se cerró recién en 1984 con el Tratado de Paz y Amistad.

La muerte del teniente Merino Correa (1965). Trece años antes del episodio del Beagle, un contingente de unos noventa gendarmes argentinos abrió fuego contra una patrulla de cinco carabineros chilenos en Laguna del Desierto, matando al teniente Hernán Merino Correa. Es justo agregar, para no maquillar el relato en sentido contrario, que ese territorio específico terminó siendo adjudicado a Argentina en el arbitraje internacional de 1994, ya en democracia, bajo los gobiernos de Aylwin y Menem. El hecho de 1965 sigue siendo real y trágico; su desenlace jurídico posterior también lo es.

Los paneles solares del Hito 1 (2024). La Armada argentina instaló infraestructura militar —paneles solares donados por una empresa privada— que invadía unos tres metros el territorio chileno en Tierra del Fuego. El entonces presidente Gabriel Boric exigió su retiro "a la brevedad" o advirtió que Chile lo haría unilateralmente; Argentina reconoció el "error involuntario" y los retiró.

Las declaraciones del general Valverde sobre el Estrecho de Magallanes (agosto de 2026). El jefe del Estado Mayor de la Fuerza Aérea argentina, brigadier general Gustavo Javier Valverde, afirmó en una entrevista que Magallanes es "soberanía" argentina y que había que "hacer presencia" allí por ser una "llave bioceánica". La Cancillería chilena —ya bajo Kast— calificó la soberanía chilena sobre el Estrecho como "indiscutible" (fundada en los tratados de 1881 y 1984) y envió una nota de protesta formal a Buenos Aires; el propio gobierno de Milei se desmarcó de los dichos de su general.

General Valverde

El patrón que emerge de estos cuatro episodios —separados por sesenta años y por gobiernos de todo signo político a ambos lados de la cordillera— no depende de si gobierna una dictadura o una democracia, ni de si La Moneda o la Casa Rosada están en manos de la izquierda o la derecha: es una tensión estructural sobre límites australes que reaparece periódicamente, casi siempre por la vía de gestos unilaterales o declaraciones de mandos militares argentinos, y que Chile ha debido responder una y otra vez con protestas diplomáticas, sea el presidente de turno Aylwin, Boric o Kast. Ese es un argumento legítimo y verificable para sostener que la relación con Argentina exige vigilancia permanente en materia de límites, independientemente del color político de quien gobierne en Santiago. Vale la pena decirlo con esos hechos y no con descalificaciones étnicas o nacionales, que solo le restan credibilidad al argumento y desvían la discusión de lo que realmente importa: los tratados, los laudos y su cumplimiento.

Kast y Estados Unidos: alineamiento, no sumisión automática

Kast ha buscado una relación de cercanía ideológica con la administración Trump desde antes de asumir, participando en la alianza "Escudo de las Américas" junto a Milei, Bukele, Noboa y otros mandatarios afines. Sin embargo, la relación no ha estado exenta de fricciones: Washington impuso un arancel del 12,5% a las exportaciones chilenas pese a la afinidad política, y hubo cruces públicos entre el embajador estadounidense y ministros del gabinete chileno. La oposición chilena (PS) ha acusado al gobierno de una postura "sumisa" frente a Trump por la participación en cumbres convocadas por Marco Rubio, mientras que el propio gobierno ha optado por la negociación técnica antes que el reclamo público, incluso cuando algunos especialistas plantean tensión entre el arancel y el TLC vigente.

Kast y Gran Bretaña: llamado a negociar, no confrontación

No hay registro de que Kast haya adoptado una postura hostil hacia Londres. Su posición pública, coincidente con la de sus antecesores, es un llamado a que Argentina y el Reino Unido "reanuden las negociaciones" para una solución "pacífica y definitiva" conforme a las resoluciones de Naciones Unidas. Es una postura de mediación diplomática clásica, no una toma de partido bélico ni una hostilidad hacia Londres.

Kast y Argentina: alineamiento explícito, pero no inédito

Aquí está el núcleo de la controversia. En su primer viaje internacional como presidente (abril de 2026) y nuevamente en la visita de Milei a Santiago (septiembre de 2026), Kast reiteró el respaldo de Chile a los "legítimos derechos de soberanía" de Argentina sobre las Malvinas, Georgias del Sur y Sandwich del Sur. Milei le agradeció explícitamente "el tradicional apoyo del Gobierno de Chile en la Cuestión de las Islas Malvinas".

Presidentes José Antonio Kast de Chile y Javier Milei de Argentina

La palabra clave ahí es "tradicional". Medios chilenos (Emol) y trasandinos confirmaron que el comunicado firmado por Kast usa la misma redacción textual empleada desde 1992 por Aylwin, y luego por Frei, Lagos, Bachelet, Piñera y Boric. Es decir, se trata de política de Estado continuada por gobiernos de izquierda y de derecha durante más de tres décadas, no de una iniciativa personal de Kast ni de un gesto de debilidad frente a Milei.

Entonces, ¿es válido llamar "entreguista" a Kast por esto?

Con los hechos verificados, no en lo específico de Malvinas: no existe un presidente chileno democrático, de ningún signo político, que se haya apartado de esa fórmula de respaldo a Argentina desde el retorno a la democracia. Calificar a Kast de "el más entreguista" por repetir una postura que sostuvo también Sebastián Piñera —un presidente de derecha, sin ninguna cercanía ideológica con el kirchnerismo— no resiste el contraste histórico. Lo que sí resulta llamativo, visto en perspectiva, es que ningún presidente democrático haya roto con esa fórmula automática ni siquiera después de episodios como el "insanablemente nulo" de 1978, la muerte del teniente Merino o las declaraciones del general Valverde en 2026: la única vez que un gobierno chileno actuó con cálculo estratégico propio frente a Argentina en un conflicto internacional fue, precisamente, el de Pinochet en 1982.

Donde sí hay materia legítima de debate sobre el enfoque de Kast hacia Argentina —y que merece un análisis aparte, más allá de Malvinas— es en otros frentes concretos: un senador de Magallanes cuestionó públicamente que la declaración conjunta con Milei pudiera poner en riesgo la proyección marítima y antártica de Chile en el Estrecho de Magallanes; y existe una discusión abierta, dentro y fuera de Chile, sobre si el alineamiento acelerado con Washington y con Milei se ha traducido en beneficios concretos para Chile o solo en cercanía retórica, mientras persisten fricciones comerciales con Estados Unidos pese a la afinidad ideológica declarada.

Conclusión

La comparación entre Pinochet y Kast en materia de Malvinas parte de una premisa que los hechos no sostienen del todo: Kast no innovó ni cedió nada que no hubiera cedido ya, con las mismas palabras, un presidente de derecha como Piñera; el respaldo a la causa Malvinas es política de Estado desde 1990, no una ocurrencia personal suya. Pero el contraste con Pinochet sí es real y va en un sentido distinto al que suele repetirse: Pinochet fue el único mandatario chileno que actuó con cálculo estratégico frente a una Argentina que ya había roto sus propios compromisos internacionales en el Beagle, mientras que la diplomacia chilena posterior a 1990 —de Aylwin a Kast— optó en cambio por la fórmula del respaldo público y sin condiciones a Buenos Aires en Malvinas, incluso después de episodios como el "insanablemente nulo", la muerte del teniente Merino, los paneles solares de 2024 o las declaraciones del general Valverde en 2026.

Dicho esto, el escepticismo chileno frente a Argentina en materia de límites australes no nace de un prejuicio: tiene seis décadas de antecedentes concretos y verificables, desde el laudo del Beagle desconocido en 1978 hasta las declaraciones del general Valverde sobre el Estrecho de Magallanes en pleno gobierno de Kast, pasando por la muerte del teniente Merino en 1965 y el episodio de los paneles solares en 2024. Esa es la base real sobre la que se puede construir una crítica seria a cómo un gobierno chileno —cualquiera que sea— administra la relación con Buenos Aires: exigiendo que el respaldo diplomático a la causa Malvinas, que es política de Estado desde hace más de treinta años, no se traduzca en pasividad frente a episodios concretos de fricción fronteriza. En ese plano específico, y solo en ese plano, hay materia legítima para evaluar si Kast está siendo suficientemente firme —no por repetir la fórmula sobre Malvinas que también repitió Piñera, sino por cómo gestione, de aquí en adelante, cada nuevo Hito 1 o cada nueva declaración de un general argentino sobre Magallanes.


Nota metodológica: Nota metodológica: este artículo se elaboró contrastando múltiples fuentes independientes para cada hecho verificable que contiene. El respaldo textual idéntico a la causa Malvinas por parte de los presidentes chilenos desde 1990 se confirmó vía Emol y La Nación (Argentina). La cooperación secreta de Pinochet con el Reino Unido en 1982 se contrastó con las declaraciones del general Fernando Matthei y la investigación periodística "El Pacto Perfecto" (Daniel Avendaño y Mauricio Palma). La crisis del Beagle y la declaración argentina de "insanablemente nulo" (1978) se verificaron en al menos cinco fuentes independientes, incluyendo Wikipedia, Dialnet, la Academia de Historia Militar de Chile y el sitio de Controversias Internacionales de la Diplomacia de Chile (Difrol). El caso del teniente Merino Correa (1965) y su desenlace en el arbitraje de 1994 se confirmaron vía el Consejo de Monumentos Nacionales, La Tercera y Emol. El incidente de los paneles solares (2024) y las declaraciones del general Valverde sobre el Estrecho de Magallanes (2026) se verificaron vía La Nación, Infobae, Página12 y BioBioChile. El financiamiento de la CIA a la candidatura de Eduardo Frei Montalva en 1964 se contrastó con el Informe Church del Senado de EE.UU., citado en El Mostrador y otras fuentes.

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