¿QUÉ LE DIRÁ A TRUMP? BACHELET NECESITA AL HOMBRE QUE ODIA LA ONU PARA DIRIGIR LA ONU
Subtítulo: Bachelet se reunió con Macron, con Lavrov, con la canciller británica Cooper, con el primer ministro griego Mitsotakis. Visitó China. Todas las potencias con derecho a veto salvo una. La única reunión pendiente es la más difícil: la Casa Blanca de Donald Trump. El mismo Trump cuyo embajador en la ONU ya cuestionó sus aptitudes. El mismo Trump que considera el multilateralismo un "club de perdedores." La candidata que dijo "me sentiré honrada si me vetan" necesita que el hombre más probable de vetarla la reciba. Eso se llama contradicción perfecta.
Hay una imagen que la candidatura de Michelle Bachelet a la Secretaría General de la ONU produce al ser analizada con honestidad: la de una persona que ha viajado a cuatro continentes, que se ha reunido con cancilleres, presidentes y primeros ministros, que ha dado entrevistas en Ginebra y declaraciones en Atenas, que ha construido durante meses una campaña diplomática de alcance global —y que tiene pendiente la reunión más importante de todas con el actor que tiene más probabilidades de hundirla.
Esa reunión es con Donald Trump. Y no está confirmada.
Bachelet se reunió con el canciller ruso Lavrov. Se reunió con Emmanuel Macron. Se reunió con la canciller británica Yvette Cooper. Visitó China. Esta semana en Atenas se reunió con el primer ministro griego Kyriakos Mitsotakis. Ha recorrido cuatro de los cinco países con derecho permanente de veto en el Consejo de Seguridad de la ONU. El quinto —Estados Unidos— sigue siendo la gran incógnita.
No es una incógnita menor. Es la incógnita que puede determinar el resultado de toda la carrera.
TRUMP Y LA ONU: EL HISTORIAL QUE NADIE PUEDE IGNORAR
Para entender la dificultad de la reunión pendiente hay que entender qué relación tiene Donald Trump con la ONU que Bachelet quiere dirigir.
Trump retiró a Estados Unidos del Consejo de Derechos Humanos de la ONU en su primer mandato. Redujo las contribuciones americanas al organismo. Calificó al sistema multilateral como un club que se aprovecha de Estados Unidos y que no sirve los intereses americanos. En su segundo mandato ha mantenido —y en algunos casos profundizado— esa postura escéptica sobre las instituciones multilaterales.
La posición de Trump no es la de alguien que quiere reformar la ONU para hacerla más eficiente. Es la de alguien que considera que la ONU en su forma actual es fundamentalmente contraria a los intereses americanos y que el multilateralismo como principio organizador de las relaciones internacionales es una ilusión conveniente para los que se benefician de él a expensas de Estados Unidos.
Esa posición es exactamente la antítesis del perfil que Bachelet ofrece como candidata. Ella es la encarnación del multilateralismo: dos veces presidenta de un país que apoya activamente el sistema multilateral, exdirectora de ONU Mujeres, exAlta Comisionada de DDHH. Su candidatura es, en términos de política exterior, un símbolo del mundo que Trump quiere reducir.
EL EMBAJADOR WALTZ Y LAS "APTITUDES" DE BACHELET
La señal más concreta de la posición de la administración Trump frente a la candidatura de Bachelet la dio el embajador americano en la ONU, Michael Waltz. Según La Tercera, Waltz "llegó a decir que compartía las preocupaciones del congresista Pete Ricketss (republicano) por las aptitudes de la otrora alta comisionada para los derechos humanos de Naciones Unidas."
"Aptitudes." Es la palabra que el embajador americano en la ONU usó para cuestionar a Bachelet. No sus valores. No su ideología. Sus aptitudes. Es una formulación que cubre múltiples críticas simultáneamente: la gestión de la visita a China y Xinjiang, la percepción de que su mandato como Alta Comisionada fue políticamente sesgado, y la pregunta más específica sobre si tiene la capacidad de gestión operacional que el cargo de Secretario General requiere.
Que el embajador americano haya hecho ese comentario público antes de que Bachelet siquiera se haya reunido con Trump es una señal de que el camino a la Casa Blanca no está abierto. No es una señal de veto confirmado —el embajador puede hacer comentarios que no reflejan la posición final del presidente— pero sí es una señal de que la administración Trump tiene reservas documentadas sobre la candidatura de Bachelet.
LA PREGUNTA QUE EL TITULAR FORMULA: ¿QUÉ LE DIRÁ A TRUMP?
La pregunta que VDI Global formula en el titular de este análisis no es retórica. Es la pregunta más difícil de la campaña de Bachelet y la que nadie en su equipo ha respondido con claridad.
Trump tiene una agenda clara sobre la ONU y el multilateralismo. Cualquier candidato que quiera su apoyo —o al menos su no-veto— tiene que ofrecerle algo que responda a esa agenda. No necesariamente capitular ante ella. Pero sí mostrar que entiende los problemas que Trump señala y que tiene respuestas concretas para ellos.
¿Qué le dirá Bachelet sobre la eficiencia de la ONU? Su única propuesta pública en el debate de Ginebra fue "reformaré esta organización para hacerla más ágil y más eficiente." Es exactamente el tipo de promesa genérica que Trump ha escuchado de líderes multilaterales durante décadas sin que la organización cambie de manera perceptible.
¿Qué le dirá sobre el financiamiento? Trump tiene razón en que Estados Unidos financia una proporción desproporcionada del presupuesto de la ONU y de sus agencias. ¿Tiene Bachelet una propuesta concreta sobre cómo redistribuir esa carga? No la ha articulado públicamente.
¿Qué le dirá sobre el Consejo de Derechos Humanos, cuya credibilidad Trump destruyó con su retirada precisamente porque el organismo incluía a países con pésimos registros en esa materia? ¿Qué le dirá sobre las agencias de la ONU que Trump considera sesgadas ideológicamente?
La candidata que dijo "me sentiré honrada si me vetan porque creo en la democracia" tiene que sentarse con el hombre que es el principal candidato a vetarla y ofrecerle razones para no hacerlo. Esa conversación no puede comenzar con la narrativa del martirio anticipado.
LAS GESTIONES DE LULA Y SHEINBAUM: EL PROBLEMA DE LOS INTERMEDIARIOS
El mecanismo que la campaña de Bachelet está usando para llegar a Trump es a través de las cancillerías de México y Brasil, que impulsan la candidatura. En algunos casos, según La Tercera, han intervenido directamente las jefas de Estado Claudia Sheinbaum y Lula da Silva para presionar puertas en Washington.
Hay un problema estructural con ese mecanismo que merece ser señalado. Sheinbaum y Lula son líderes de izquierda latinoamericana que tienen una relación con la administración Trump tan compleja —en algunos casos tan adversarial— como la que tiene la propia Bachelet. Que sean los principales interlocutores para abrir las puertas de la Casa Blanca a Bachelet no necesariamente facilita el proceso.
Trump no tiene relaciones cálidas con ninguno de los tres. Que dos de ellos sean los que gestionan la reunión del tercero con él no parece la estrategia más eficiente para persuadir a una administración que desconfía del multilateralismo latinoamericano como categoría general.
El excanciller chileno Heraldo Muñoz lo admitió con la honestidad de quien conoce la dificultad: "Es una interrogante (si Trump la recibe), no sabemos. Esperamos que sea recibida por una alta autoridad y ojalá sea, en cada uno de los cinco casos, los más altos dignatarios."
"Esperamos" y "ojalá" no son los verbos de una campaña con el camino despejado. Son los verbos de quien sabe que la reunión más importante está lejos de estar confirmada.
LO QUE LA REUNIÓN REVELARÁ
Si Bachelet logra reunirse con Trump —o con un representante suficientemente senior de su administración— esa reunión revelará algo fundamental sobre la viabilidad real de su candidatura. No porque Trump vaya a ser convencido por los argumentos de Bachelet en una reunión. Sino porque la decisión de recibirla o no —y el nivel del interlocutor que envíe si no la recibe él mismo— es la señal más clara disponible sobre si la administración americana está considerando seriamente un veto.
Si Trump la recibe personalmente, es una señal de que mantiene abierta la posibilidad de apoyarla. Si envía a un funcionario de segundo nivel, es una señal de que la está descartando sin asumir el costo político de un veto explícito. Si simplemente no hay reunión, es la señal más clara de todas.
Bachelet dijo que se "sentiría honrada" si la vetaran por sus valores. Esa frase fue aplaudida por sus seguidores como una declaración de principios. Pero en términos diplomáticos es también una señal de resignación anticipada: si construyes la narrativa del martirio digno antes de que ocurra el veto, estás reconociendo implícitamente que el veto es probable.
La reunión con Trump —si ocurre— es la oportunidad de demostrar que la narrativa del martirio era retórica de campaña y que Bachelet tiene argumentos concretos para convencer al hombre más escéptico del sistema que quiere dirigir. Si no ocurre, la narrativa del martirio fue el único argumento disponible.
EL TIEMPO SE ACABA
La elección del nuevo Secretario General de la ONU ocurrirá antes de que termine 2026. El proceso en el Consejo de Seguridad se activará en las próximas semanas. El tiempo disponible para concretar la reunión con Washington —y para que esa reunión tenga algún efecto sobre la posición americana— se reduce cada semana que pasa.
El equipo de Bachelet dice que "el momento de Estados Unidos vendrá en unas semanas más." Esas semanas son escasas en el contexto de un proceso diplomático que requiere construir consensos entre los quince miembros del Consejo de Seguridad antes de que se produzca la votación.
Si Bachelet no tiene la reunión con la Casa Blanca en las próximas dos o tres semanas, la pregunta dejará de ser "¿qué le dirá a Trump?" y empezará a ser "¿puede seguir en la carrera sin el apoyo —o al menos la no-oposición— americano?"
Y esa segunda pregunta tiene una respuesta que el proceso del Consejo de Seguridad responderá por sí solo cuando llegue el momento de votar.
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