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SCHALPER Y MACAYA AÍSLAN A MATTHEI PARA CONGRACIARSE CON KAST: LA SUMISIÓN DE CHILE VAMOS AL EJECUTIVO

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by Redacción VDI Global
SCHALPER Y MACAYA AÍSLAN A MATTHEI PARA CONGRACIARSE CON KAST: LA SUMISIÓN DE CHILE VAMOS AL EJECUTIVO

Hay una diferencia entre discrepar y arrodillarse. Esta semana, dos de las voces más relevantes de Chile Vamos —el senador y extimonel de la UDI, Javier Macaya, y el jefe de bancada de diputados de RN, Diego Schalper— decidieron no discrepar de Evelyn Matthei. Decidieron borrarla. "No representa la opinión de Chile Vamos", dijo Schalper sobre la excandidata presidencial, sumándose a lo ya planteado por Macaya. Y por si quedaba alguna duda sobre el porqué, agregó la frase que explica todo: "Yo soy parte del gobierno y en eso me siento comprometido con que al Presidente Kast le vaya bien".

Ahí está el punto. No es que Schalper y Macaya tengan una visión distinta de la gestión de Kast y la debatan con Matthei en el terreno de las ideas. Es que ambos optaron por declarar lealtad al Ejecutivo y, en el mismo movimiento, dejar a una de las figuras con más peso electoral de su propia coalición hablando sola, como si su opinión no contara. Eso no es matiz político: es una operación de proximidad al poder que sacrifica el debate interno del sector a cambio de comodidad con La Moneda.

Lo que Matthei viene diciendo, y que no es un capricho

Para entender la magnitud de este aislamiento, hay que mirar qué es exactamente lo que Schalper y Macaya decidieron no representar. Matthei no ha hecho un comentario aislado: desde mayo ha acumulado una serie de críticas concretas y documentadas a la gestión de Kast.

Cuestionó la megarreforma de reconstrucción y reactivación económica del Ejecutivo, calificando el incentivo al empleo como una medida cara e ineficaz, y advirtió contra la eliminación de la franquicia del Sence y de las contribuciones para adultos mayores, calculando el costo fiscal de algunas propuestas en cerca de US$1.400 millones. Dos de esos puntos —el subsidio al empleo y el Sence— el propio gobierno terminó modificando después.

Cuestionó también la gestión en seguridad, luego del crimen de un niño de 12 años en una encerrona en San Bernardo, señalando que el Ejecutivo llegó al poder "sin tener nada, ni siquiera ministros" preparados para la crisis delictual, y apuntando a la falta de interconexión de cámaras de vigilancia que, a su juicio, podría haber evitado la muerte del menor.

Y hace apenas unos días, tras el rechazo en el Senado de la acusación constitucional contra el exministro de Hacienda Nicolás Grau —votada en contra por senadores de RN, la UDI e independientes—, advirtió sobre un riesgo estratégico real para el oficialismo: que el gobierno pueda terminar "de rodillas frente al PDG" si prosperan las causas judiciales que afectan a tres senadores afines al Ejecutivo (Miguel Ángel Calisto, Camila Flores y Alejandro Kusanovic), cuyo eventual desafuero reduciría la mayoría oficialista en el Senado.

Ninguno de esos planteamientos es una rabieta personal. Son objeciones de política económica, de seguridad pública y de cálculo parlamentario, hechas por alguien con más de tres décadas de trayectoria política y que en 2025 fue la carta presidencial de la propia coalición que hoy la desconoce.

La respuesta del oficialismo: de la incomodidad a la purga simbólica

El gobierno ya venía incómodo con la exposición mediática de Matthei —que estrenó un programa semanal en radio Pauta, es invitada frecuente a matinales y reactivó el grupo de WhatsApp de su comando de campaña— antes de que Schalper y Macaya decidieran, esta semana, dar el golpe más directo hasta ahora: quitarle representatividad dentro de su propio sector.

La secuencia de respuestas oficialistas ya venía escalando. El ministro del Interior, Claudio Alvarado —que en su momento apoyó la candidatura presidencial de Matthei antes de desmarcarse para respaldar a Kast—, respondió a sus críticas diciendo que su "rol de opinóloga le permite decir lo que estime conveniente", una forma elegante de restarle peso político a sus dichos. El ministro de Seguridad, Martín Arrau, fue más directo y la invitó a "informarse y no desconocer la realidad". Desde el Partido Republicano, aliado de Kast pero fuera de Chile Vamos, el vicepresidente Benjamín Errázuriz llegó a escribir que la coalición de Matthei tiene "un cáncer socialista en sus venas".

Lo notable es que, en medio de esa embestida, la propia UDI —el partido de Matthei— había sacado un comunicado de respaldo hacia ella cuando arreciaban las críticas por el plan de seguridad. Ese respaldo partidario formal contrasta, y hace más significativo, que ahora sea justamente un dirigente histórico de la UDI —Macaya— quien encabece el mensaje de que ella "no representa" al gremialismo. La distancia no es solo con Matthei: es una fractura entre lo que el partido dice institucionalmente y lo que sus principales voceros repiten en la prensa.

Schalper, por su parte, fue consultado directamente sobre si el trato hacia Matthei durante la campaña presidencial —cuando se llegó a insinuar que padecía alzheimer— podía explicar la dureza de su tono actual hacia el gobierno. No respondió a esa pregunta. Se limitó a decir que él ha sido objeto de "un maltrato bastante fuerte la última semana", y a reafirmar su compromiso con "el cambio de rumbo de Chile" bajo el gobierno de unidad de Kast. Es decir: evitó pronunciarse sobre si su excompañera de coalición fue tratada injustamente, y usó la pregunta para reforzar su propio compromiso con el Ejecutivo. Esa omisión, en un contexto de aislamiento activo hacia Matthei, no es menor.

El dato que complica —pero no invalida— el relato de Matthei

El rigor exige incluir un antecedente que matiza, aunque no anula, la posición de Matthei. Ella ha planteado públicamente que "muchos" de quienes trabajaron en su comando están "vetados" por el gobierno de Kast, poniendo como ejemplo al exdirector de Gendarmería Christian Alveal. Una revisión periodística de su antiguo comando de campaña encontró que, en realidad, al menos 26 excolaboradores suyos ocupan hoy cargos en la administración Kast, incluyendo embajadas, subsecretarías y hasta dos carteras ministeriales (Energía y Medio Ambiente).

Ese antecedente no borra sus críticas de fondo sobre seguridad, economía o el caso de los menores haitianos —que son objeciones de política pública, verificables por su propio contenido, independientes de si ella personalmente fue o no marginada de cargos—. Pero sí obliga a distinguir entre el reclamo específico de "veto personal", que aparece exagerado a la luz de los hechos, y la sustancia de sus críticas al rumbo del gobierno, que es un debate distinto y que Schalper y Macaya optaron por no enfrentar en esos términos, sino simplemente despojándola de representatividad.

Por qué esto importa más allá de Matthei

Lo que hicieron Schalper y Macaya esta semana tiene un nombre más preciso que "diferencia de opinión": es la decisión de un sector político de sacrificar a su figura más crítica para congraciarse con el Ejecutivo del que —como el propio Schalper lo dijo sin rodeos— se sienten parte. Cuando un partido o una bancada declara que una figura de su propia coalición "no representa" al sector, en el mismo momento en que esa figura cuestiona al gobierno con argumentos de política pública, el mensaje que se envía hacia adentro es claro: la lealtad al Ejecutivo pesa más que la libertad de discrepar dentro del propio bloque.

Ese es, precisamente, el tipo de conducta que esta casa editorial identifica como cobardía política cuando ocurre en cualquier sector: no es bloquear una agenda ni blindar a una figura ajena, sino la disposición de renunciar al rol fiscalizador interno —que en cualquier coalición sana debería ejercerse también hacia el propio gobierno— a cambio de comodidad y cercanía con el poder de turno. Si mañana un oficialismo de otro signo hiciera lo mismo con una voz crítica dentro de sus filas, el reproche sería idéntico.

Matthei puede estar equivocada en algunos de sus diagnósticos, y el episodio del supuesto "veto" muestra que sus reclamos personales merecen el mismo escrutinio que cualquier otra afirmación política. Pero aislarla —no refutarla, aislarla— por señalar fallas reales en seguridad, economía y cálculo legislativo, es renunciar a la función más básica de una coalición política: discutir puertas adentro antes de exigir unidad puertas afuera.

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