SEDINI NO ESTÁ SOLA: LA LARGA TRADICIÓN CHILENA DE EXMINISTROS QUE LE PASAN LA CUENTA A SU PROPIO GOBIERNO
Las declaraciones de Mara Sedini contra el Segundo Piso de La Moneda y contra figuras de su propio sector político generaron esta semana la sensación, instalada con fuerza en el oficialismo, de estar frente a un episodio inédito en la historia reciente de Chile. La evidencia disponible, sin embargo, desmiente esa lectura: la crítica de un exministro contra su propio Presidente o contra el círculo de asesores presidenciales es un patrón que se repite, con matices distintos, en al menos los últimos cuatro gobiernos chilenos. Repasar esos antecedentes no le resta gravedad al caso Sedini, pero sí permite calibrar con mayor precisión qué tiene de excepcional y qué tiene de simplemente recurrente en la política chilena.
Lo que distingue al caso Sedini: la inmediatez
El primer elemento que conviene precisar es temporal: la mayoría de las críticas históricas de exministros contra sus propios gobiernos llegaron años después de terminada la administración correspondiente, no a solo dos meses de dejar el cargo, como ocurrió con Sedini. Esa inmediatez es, en efecto, un rasgo menos habitual, y explica en parte la magnitud de la reacción política que generó su entrevista en Sin Filtros.
El antecedente más reciente: los exministros de Boric
Dentro del propio gobierno anterior, Gabriel Boric ya había enfrentado cuestionamientos de figuras que integraron su gabinete. La entonces ministra del Trabajo, Jeannette Jara, se desmarcó públicamente de decisiones del expresidente durante la última campaña presidencial: consultada en un debate por las críticas de Boric hacia el entonces presidente de Estados Unidos, Donald Trump, fue categórica: "no es mi estilo (...) hay que pensar en los intereses de Chile". Jara también fue crítica de cómo Boric manejó el caso del exsubsecretario Manuel Monsalve, calificándolo como "el más rudo, a mi entender" entre los errores cometidos por la administración.
Un caso más directo es el del exministro de Obras Públicas Juan Carlos García, único representante del Partido Liberal en el gabinete de Boric, quien salió del Ejecutivo en el segundo cambio de gabinete. Tras dejar el cargo, afirmó que "no estaba dentro del diseño original que yo me cambiara" y lamentó que "el Presidente finalmente tomó la decisión de sacrificar al Partido Liberal en el gabinete", una decisión que, a su juicio, "va a obligar a restablecer las confianzas con el partido".
El precedente más elocuente: Mario Desbordes contra Piñera
El caso que más se asemeja en dureza al de Sedini es el de Mario Desbordes, hoy alcalde de Santiago, quien ejerció como ministro de Defensa de Sebastián Piñera hasta fines de 2020. Sus primeros cuestionamientos llegaron apenas cuatro meses después de dejar el gobierno: en abril de 2021, en el marco de la discusión del tercer retiro de fondos previsionales, criticó que La Moneda no liderara el proyecto y apuntó reiteradamente contra la decisión de Piñera de llevar la iniciativa al Tribunal Constitucional.
Sus críticas más duras, sin embargo, llegaron más de un año después de su salida, tras la derrota de la derecha en la elección presidencial de 2021, de la que responsabilizó en parte al propio Piñera: "el Presidente Piñera jamás se preocupó de potenciar liderazgos. Al revés, yo creo que en estos cuatro años lo que hizo fue despotenciar los liderazgos del sector, no hubo ninguna generosidad. Por ejemplo, con Joaquín Lavín", declaró en enero de 2022. Semanas después, apuntó directamente contra el jefe de asesores del Segundo Piso de Piñera, Cristián Larroulet, en términos que guardan un paralelismo notable con las acusaciones actuales de Sedini contra el Segundo Piso de Kast: "destruyeron al sector (...). El análisis frío de las cosas demostrará cuánta cagada se mandaron pensando siempre en que podían frenar todo".
Sichel, Ampuero y Ravinet: otras voces críticas de la era Piñera
Sebastián Sichel, quien ejerció como ministro de Desarrollo Social y luego presidente de BancoEstado bajo Piñera, también dejó el cargo a fines de 2020 para asumir como candidato presidencial, y criticó a la administración durante su propia campaña, distanciándose de la figura de Piñera tras conocerse la polémica de los Pandora Papers. Tras su derrota electoral, en marzo de 2022 calificó a la administración de su expresidente como "un gobierno regular, que no pudo enfrentar una serie de cambios que Chile necesita y por lo mismo tuvo aciertos y desaciertos".
El excanciller Roberto Ampuero, hoy embajador de Chile ante la ONU, ofrece el ejemplo de crítica más tardía de todos: en su libro "Entre la pluma y la política", publicado este mismo 2026 y ya con Piñera fallecido, cuestiona que su salida de la Cancillería en 2019 se debió a errores del propio expresidente en materia de política internacional, particularmente el viaje a Cúcuta, el respaldo a Juan Guaidó como presidente encargado de Venezuela, y la presencia de los hijos de Piñera en un viaje a China. Según relata Ampuero, al solicitarle la renuncia, el propio Piñera le ofreció la Embajada en España, gesto que en su lectura "expresa públicamente que él es consciente de que los errores en política exterior que se me atribuyen no provienen de mí, ni de Cancillería".
El exministro de Defensa Jaime Ravinet, de la primera administración de Piñera, apuntó en su momento directamente contra el propio Segundo Piso, en un episodio que resuena con particular fuerza frente al actual: "de las cosas que han sido una mala experiencia en este período, es la falta de lealtad de mucha gente del Segundo Piso de La Moneda, que se dedica a esparcir estos rumores", declaró al presentar su renuncia, agregando que "gran parte de las investigaciones que hay de la Contraloría en nuestro ministerio las he pedido yo mismo".
Bachelet: Jaime Campos y Belisario Velasco
Michelle Bachelet tampoco estuvo exenta de este patrón. El exministro de Justicia Jaime Campos, hoy ministro de Agricultura, se negó en las últimas horas del segundo gobierno de Bachelet a firmar el decreto que buscaba transformar Punta Peuco en un penal humanitario, episodio que ha relatado en múltiples ocasiones posteriores como una decisión de principios: "constitucional y legalmente lo que me habían propuesto firmar era un acto inconstitucional e ilegal, y por eso no lo firmé".
El caso más duro contra Bachelet es el del exministro del Interior Belisario Velasco, fallecido en 2023, quien asumió el cargo en julio de 2006 en reemplazo de Andrés Zaldívar y renunció ese mismo año en medio de la crisis del Transantiago. Sus críticas, formuladas varios años después —durante el segundo mandato de la propia Bachelet—, describieron un patrón de desatención presidencial: "un ministro del Interior que no es escuchado, que pide una reunión y no se la dan hasta dentro de cinco días, ni lo invitan al comité político donde se va a definir la estrategia para enfrentar el Transantiago, solo tiene que irse. Por eso renuncié". En sus memorias, Velasco fue aún más específico sobre el estilo de liderazgo de la expresidenta: "la Presidenta tenía una forma de dar instrucciones que, en ocasiones, hacía que sus ministros se enfrentasen. No me ocurrió una, sino muchas veces. Ella me pedía que me hiciera cargo de temas que eran, en realidad, responsabilidad o atribuciones de otros ministros, lo que generaba descoordinaciones".
Lectura editorial: un patrón institucional, no un problema exclusivo de Kast
El repaso de estos siete antecedentes —Jara, García, Desbordes, Sichel, Ampuero, Ravinet, Campos y Velasco— permite una conclusión que esta línea editorial considera importante para contextualizar correctamente el episodio Sedini: la tensión entre ministros y el círculo de asesores presidenciales del Segundo Piso es un problema estructural de la forma en que se organiza el poder ejecutivo en Chile, presente en gobiernos de todos los signos políticos, y no una patología exclusiva de la administración Kast. El caso de Ravinet contra el Segundo Piso de Piñera, o el de Velasco describiendo el aislamiento que sufrió como ministro del Interior de Bachelet, son prácticamente intercambiables en su lógica de fondo con lo que Sedini describió esta semana sobre Irarrázaval y el círculo cercano a Kast.
Lo que sí distingue al caso actual, y por eso merece la atención específica que esta columna le ha dedicado en su cobertura previa, es la combinación de dos factores que no aparecen juntos en ningún antecedente histórico revisado: la inmediatez de la crítica —a solo dos meses de la salida, no años después— y la acusación explícita de sabotaje proveniente del propio sector político de la ministra, y no solo del círculo de asesores presidenciales. Ese doble frente, más que la crítica en sí misma, es lo que convierte al episodio Sedini en un caso que merece un análisis más detenido que el de un simple episodio más dentro de una larga tradición chilena de exministros incómodos con su antiguo jefe.