¿HASTA CUÁNDO ROBAN? LA DUDA CON ARGENTINA Y EL MUNDIAL
No soy fanático del fútbol, pero tampoco soy tonto. Y lo de esta semana entre Argentina y Egipto, sinceramente, dio vergüenza ajena. No hace falta ser hincha de nadie para notar que algo no cuadra cuando un técnico rival —no un hincha caliente en redes sociales, el propio director técnico, en conferencia de prensa, con cámaras del mundo entero— dice sin titubear que "el partido estuvo arreglado" y que "todo el mundo lo vio".
Eso fue exactamente lo que dijo Hossam Hassan, entrenador de Egipto, después de que su equipo perdiera 3-2 ante Argentina en los octavos de final del Mundial 2026, tras ir arriba 2-0 hasta los últimos quince minutos. No lo dijo un comentarista amargado. Lo dijo el propio cuerpo técnico, y lo respaldó su jugador Mostafa Ziko, autor de uno de los goles egipcios, quien fue todavía más directo: "la Copa está dirigida hacia Argentina".
Lo que pasó en la cancha, sin exagerar ni minimizar
Los hechos futbolísticos, para que quede claro que esto no es solo el berrinche de un perdedor: Egipto anotó dos goles y llegó a tener un tercero anulado por el VAR tras una falta previa sobre Lisandro Martínez —una revisión que sí se hizo—. Minutos después, en la jugada que definió el tercer gol argentino, hubo un reclamo egipcio por una infracción dentro del área que, según denunció el propio Hassan, "nadie revisó": "todos vimos cómo le tiraban de la camiseta, pero no se revisó la jugada para anular el gol". Ahí está el problema de fondo: no es que el VAR nunca funcionó esa noche. Es que funcionó para anular un gol egipcio y no funcionó, según el reclamo, para revisar una jugada igual de dudosa a favor de Argentina.
El árbitro elegido para el partido, el francés François Letexier, ya había generado suspicacias antes del pitazo inicial —esta vez, curiosamente, del lado argentino, por su historial con jugadores albicelestes en la liga francesa—. Es decir: ambos bandos desconfiaban del mismo árbitro antes de que empezara el partido. Eso no prueba nada por sí solo, pero sí retrata un ambiente donde la sospecha de manipulación no nace de un solo lado ni de la nada.
La Federación Egipcia, con su presidente Hany Abo Rida a la cabeza, ya presentó una queja formal ante la FIFA pidiendo investigar las decisiones arbitrales. Eso no es un tuit de un hincha dolido: es un reclamo institucional, con membrete oficial, contra el organismo que rige el fútbol mundial.
La duda que Argentina arrastra hace casi cinco décadas
Lo llamativo no es que esto pase una vez. Es que con Argentina, en los momentos decisivos, siempre aparece la misma pregunta. La sombra más larga sigue siendo 1978: un Mundial jugado en Argentina, bajo la dictadura militar de Jorge Rafael Videla, en el que la selección local necesitaba ganarle a Perú por cuatro goles de diferencia para clasificar a la final —y le ganó 6-0, en un resultado que hasta hoy, casi cincuenta años después, sigue rodeado de versiones sobre presiones políticas, económicas y arbitrales sobre el equipo peruano—. Nunca se probó judicialmente una compra de partido. Pero la sospecha, alimentada por el contexto de un régimen que necesitaba desesperadamente una victoria deportiva para legitimarse ante el mundo, nunca se disipó del todo.
Casi cinco décadas después, la escena se repite con otro ropaje: ya no es una dictadura necesitando una final, es un ícono global —Messi, en que podría ser su despedida mundialista— que "por marketing", según la denuncia egipcia, el sistema entero parece empujar a sostener en carrera. Distinto contexto, misma pregunta incómoda: ¿hasta qué punto el resultado depende del mejor equipo en la cancha, y hasta qué punto depende de a quién le conviene más que gane el negocio del fútbol?
Y de fondo, un coleccionista con una nueva pieza en la vitrina
A esa ecuación hay que sumarle un actor que no jugó un solo minuto, pero que ronda cada vez más cerca del trofeo: Donald Trump. El presidente de Estados Unidos —país sede, junto a México y Canadá, de este Mundial 2026— ya mostró el año pasado, en la final del Mundial de Clubes de la FIFA, cuánto disfruta pararse junto a la copa y compartir el podio con Gianni Infantino. Para alguien que ha construido su marca personal coleccionando símbolos de poder y prestigio —edificios, títulos, portadas—, un Mundial de fútbol jugado en su propio país, con el ícono más grande del deporte peleando por quedarse una final más, es, sencillamente, otro trofeo más para la vitrina. No hace falta acusarlo de nada concreto para notar el patrón: cuando el negocio, la política y el deporte de élite conviven tan de cerca, la pregunta de quién se beneficia de que la Copa "esté dirigida" hacia una estrella o una selección específica deja de ser una teoría conspirativa de aficionado y se vuelve, simplemente, sentido común.
No hace falta ser fanático de Egipto, de Argentina, ni de nadie para hacerse la pregunta del cartel: ¿hasta cuándo van a robar en el fútbol, y hasta cuándo el resto de nosotros —los que solo queremos ver un partido limpio— vamos a tener que tragarnos que "así es la vida" cada vez que el resultado le conviene a los mismos de siempre?