LONGUEIRA VUELVE A LA UDI: EL REGRESO DE UN POLÍTICO PROCESADO QUE SE POSTULA COMO SOLUCIÓN A LOS PROBLEMAS QUE ÉL MISMO AYUDÓ A CREAR
Pablo Longueira anunció este lunes su candidatura a la presidencia de la UDI con un discurso de refundación que suena bien en la radio pero que omite lo más importante: su propio historial. El partido tiene problemas reales. Pero el diagnóstico pierde toda autoridad moral cuando lo formula alguien que cargó sobresueldos, que enfrentó la justicia por el Caso Corpesca y que gobernó la UDI en períodos donde se sembraron muchos de los vicios que hoy dice querer extirpar.
El anuncio y el discurso
Este lunes 15 de junio de 2026, Pablo Longueira concedió una entrevista a Radio Infinita en la que formalizó lo que venía siendo un secreto a voces: competirá por la presidencia de la Unión Demócrata Independiente. Su argumento central es que el partido "ha perdido el estilo", que se ha convertido en "un partido político más" y que necesita recuperar "esa UDI popular que hizo que miles de personas ingresaran".
El discurso tiene una estructura clásica del político que regresa: diagnóstico dramático del presente, nostalgia del pasado glorioso, y la insinuación —nunca del todo explícita, pero siempre presente— de que él es la persona indicada para restaurar lo que se perdió. Longueira habló de volver a "conquistar corazones donde no hay derecha", de construir una coalición que le dé a Chile "dos o tres gobiernos" de derecha consecutivos, y criticó sin nombrarlo al actual timonel del partido, Guillermo Ramírez, señalando que la UDI bajo su conducción "lo ha abandonado" a ese estilo original.
Todo eso puede sonar razonable en una primera lectura. El problema es que Pablo Longueira no es un observador externo que llegó a diagnosticar los males del partido. Es uno de sus arquitectos principales, alguien que lo presidió, que lo condujo en momentos decisivos, y que carga sobre sus hombros una historia judicial y política que ningún análisis serio puede ignorar.
El Caso Corpesca: lo que Longueira no mencionó en Radio Infinita
Cuando Longueira habla de anticorrupción —aunque en esta entrevista no lo hizo explícitamente— o de recuperar la credibilidad de la derecha, hay un elefante en la sala que su discurso no puede hacer desaparecer: el Caso Corpesca.
La investigación judicial que involucra a Longueira está vinculada a presuntos pagos irregulares de la empresa pesquera Corpesca, perteneciente al grupo Angelini, en el contexto de la tramitación de la Ley de Pesca de 2012 —la llamada "Ley Longueira"— que fue cuestionada desde su origen por favorecer a las grandes pesqueras industriales por sobre los pescadores artesanales.
Longueira, que era ministro de Economía en ese momento, fue formalizado en el marco de esa causa. El proceso judicial siguió su curso con las complejidades propias de los casos de corrupción política en Chile. Es un proceso pendiente o con antecedentes que no han sido completamente resueltos a satisfacción pública. Que Longueira hoy se presente como figura renovadora de un partido que necesita recuperar credibilidad es, cuando menos, una paradoja difícil de sostener.
Desde VDI Global aplicamos el mismo rasero a todos los partidos: la lucha anticorrupción no tiene color político. Y en ese marco, resulta incómodo —por decirlo con delicadeza— que el candidato a refundar la UDI sea precisamente alguien cuyo nombre lleva años asociado a uno de los casos de captura regulatoria más notorios de la historia reciente de Chile.
El episodio de los sobresueldos: cuando la inacción también es una decisión
Hay otro capítulo del historial de Longueira que merece atención y que su regreso mediático no puede borrar con una entrevista radial: su rol durante el gobierno de Ricardo Lagos en el episodio de los sobresueldos en el sector público.
En 2002 y 2003, se conoció públicamente que funcionarios de gobierno recibían pagos adicionales a sus sueldos formales, financiados con fondos reservados o a través de mecanismos que no quedaban registrados en la nómina oficial. El escándalo remecío al gobierno de Lagos. La oposición de la época —entre cuyos líderes estaba Longueira— tuvo en sus manos la posibilidad de impulsar sanciones efectivas, de exigir accountability real, de llevar el caso a sus consecuencias políticas y legales más profundas.
No lo hizo con la energía que la situación ameritaba. Hubo más ruido que consecuencias, más rentabilidad política de corto plazo que rigor institucional. Longueira, como figura principal de la oposición de ese período, forma parte de esa generación de dirigentes de derecha que prefirieron administrar el escándalo antes que liquidarlo institucionalmente. Es una crítica que aplica a toda la clase política de la época, pero aplica también a él.
Esto importa hoy porque Longueira regresa hablando de identidad, de valores, de recuperar la vocación original de la UDI. Pero esa vocación incluye, supuestamente, la exigencia moral. Y en ese terreno, su historial es más frágil de lo que su discurso sugiere.
El diagnóstico correcto, el médico equivocado
Dicho lo anterior, sería deshonesto intelectualmente ignorar que el diagnóstico que Longueira hace de la UDI tiene elementos que merecen ser discutidos con seriedad.
Es efectivo que la UDI de los últimos años perdió peso electoral en sectores populares donde alguna vez fue hegemónica. Es efectivo que el partido se ha debatido entre una identidad difusa y una incapacidad para definir si es un partido de gobierno, de oposición, de ideas o de apellidos. Es efectivo que la derecha chilena llegó a las elecciones de 2025 sin una coalición sólida y que el triunfo de Kast fue, en parte, un fenómeno de liderazgo personal más que el resultado de una estructura política consolidada.
La pregunta de cómo construir una coalición de derecha que permita proyectar dos o tres gobiernos consecutivos es una pregunta legítima y urgente. Chile Vamos, tal como existe hoy, es una alianza tensa entre la UDI, RN y el Partido Republicano, con fricciones permanentes, agendas a veces contradictorias, y una "derechita cobarde" —como se la llama desde el entorno más cercano al Presidente Kast— que prefiere el confort de la oposición blanda al riesgo de gobernar con convicción.
Longueira tiene razón en que eso es un problema. Lo que no tiene es la autoridad moral para ser quien lo resuelva.
Matthei, el elefante rosa de la entrevista
En un momento de la entrevista, Longueira fue consultado sobre Evelyn Matthei y dijo que "tiene mucho que aportar, es una gran figura, tiene una tremenda experiencia", aunque reconoció que hubo "muy mal resultado" en las pasadas elecciones. Luego añadió que eso "no significa que no sea una persona que pueda seguir sirviendo a Chile".
La frase es generosa en la forma y demoledora en el fondo. Decir que alguien que perdió una elección presidencial "no significa que no pueda seguir sirviendo" es la manera más cortés de hacer notar que perdió. Longueira le da a Matthei un lugar en el futuro de la derecha, pero no un lugar de liderazgo. Es un gesto que revela la lógica interna del regreso: Longueira no viene a sumarse a una estructura existente, viene a reconstruirla desde la cima.
Eso explica también por qué su candidatura a la presidencia del partido es algo más que un cargo interno. Es una señal de que Longueira quiere ser el arquitecto de la próxima etapa de la derecha chilena, el hombre que construya esa coalición del 62% que menciona. Y eso lo pone, inevitablemente, en una posición de influencia sobre el Gobierno de Kast, sobre las candidaturas parlamentarias de 2029, sobre la eventual definición de quién encabeza la lista presidencial cuando termine el mandato.
El Gobierno de Kast: ¿quiere este apoyo?
Longueira valoró los cambios de gabinete del Gobierno de Kast y dijo que "era bastante obvio el nivel de improvisación en un tema tan importante como es la seguridad". La frase es un elogio envenenado: reconoce la corrección pero primero constata el error.
Para el Gobierno de Kast, el regreso de Longueira es una variable compleja. Por un lado, Longueira tiene experiencia, redes y capacidad de articulación política que el oficialismo necesita para consolidar su base parlamentaria. Por otro, es un actor con agenda propia, con una historia judicial que puede convertirse en flanco de ataque para la oposición, y con un estilo político que históricamente ha tendido más al protagonismo que a la lealtad silenciosa.
La pregunta que se instala en los pasillos del oficialismo es esta: ¿es Longueira un activo o un pasivo para la coalición que el Presidente Kast necesita construir? La respuesta no es obvia. Y eso, en política, generalmente quiere decir que hay riesgo.
Lo que la derecha necesita y lo que Longueira ofrece
La derecha chilena tiene un déficit estructural que va más allá de los liderazgos individuales: le falta una narrativa de largo plazo que integre crecimiento económico, seguridad, familia, institucionalidad y apertura a sectores medios y populares que históricamente han desconfiado de ella. La coalición del 62% que menciona Longueira es real en términos electorales —ese fue el resultado de la segunda vuelta que le dio la presidencia a Kast— pero es una suma aritmética, no un proyecto político compartido.
Construir eso requiere liderazgo, visión y, sobre todo, credibilidad. La credibilidad se construye con trayectoria limpia, con coherencia entre el discurso y los hechos, con disposición a someterse a los mismos estándares que se exigen a los adversarios.
Longueira puede tener la visión. Puede tener el liderazgo. Pero la credibilidad es la parte del ecuación que su historial complica de manera significativa.
Que la UDI necesita renovarse es innegable. Que Pablo Longueira sea la persona llamada a renovarla es, cuando menos, una hipótesis que merece mucho más escrutinio del que recibió este lunes en Radio Infinita.
Conclusión: el regreso como síntoma
El retorno de Longueira es un síntoma de algo más profundo que una disputa interna en la UDI. Revela que la derecha chilena, a pesar de estar en el gobierno, sigue sin resolver su problema de renovación de liderazgos. Sigue recurriendo a las figuras del pasado porque no ha sido capaz de construir las del futuro. Sigue mezclando la experiencia con la indispensabilidad, como si décadas en política fueran garantía de idoneidad para el presente.
Longueira regresa con un diagnóstico certero sobre los problemas del partido. Pero un diagnóstico certero emitido por un médico que también contribuyó a la enfermedad no es automáticamente una cura. Es, en el mejor de los casos, una advertencia a medias. Y en el peor, una nueva complicación para una institución que ya tiene suficientes problemas propios.
La UDI, y la derecha en general, merece el debate que Longueira abre. Lo que no está claro es si merece a Longueira como protagonista de ese debate.