POR QUÉ NO SE VAN, NO SE VAN DEL PAÍS: LOS VENEZOLANOS SÍ SE ESTÁN YENDO DEL MERCADO LABORAL CHILENO A UNA VELOCIDAD QUE NO TIENE PRECEDENTES — Y LA RAZÓN PRINCIPAL SE LLAMA VENEZUELA POST-INTERVENCIÓN ESTADOUNIDENSE
Más de 45 mil venezolanos que participaban del mercado laboral chileno lo abandonaron en los últimos doce meses. Es la caída más pronunciada desde que la migración venezolana hacia Chile explotó hace casi una década. Seis meses consecutivos a la baja, con una aceleración este año que los economistas del OCEC de la Universidad Diego Portales califican de inédita. El fenómeno tiene múltiples causas, pero una domina sobre todas las demás: lo que está ocurriendo en Venezuela tras la intervención militar de Estados Unidos. Los Prisioneros le cantaban a los privilegiados que no se iban. Hoy la pregunta es qué significa para Chile que los venezolanos sí lo estén haciendo.
El dato que cambia el relato
Durante años, el debate migratorio en Chile giró en torno a una sola dirección: cuántos llegaban, a qué velocidad, con qué documentación, en qué condiciones. La pregunta de cuántos se iban era secundaria, casi anecdótica, porque los números de salida nunca habían sido suficientemente significativos como para alterar la tendencia general.
Ese relato cambió.
Los datos del Instituto Nacional de Estadísticas (INE), analizados por el Observatorio del Contexto Económico (OCEC) de la Universidad Diego Portales, muestran que en el trimestre móvil comprendido entre febrero y abril de 2026, la fuerza laboral venezolana en Chile —quienes tienen un trabajo o lo buscan activamente— registró una disminución anual del 8%. En números absolutos: más de 45 mil venezolanos que participaban del mercado laboral chileno lo abandonaron en los últimos doce meses.
Eso equivale, para dar una dimensión comprensible, a vaciar laboralmente una ciudad del tamaño de Curicó o de Los Ángeles en un año.
El OCEC subraya que no se trata de un episodio puntual. Son seis meses consecutivos de contracción. Y lo que es más significativo aún: el ritmo se ha acelerado en 2026. La tendencia se inició gradualmente desde septiembre de 2025, pero este año la velocidad del descenso es cualitativamente distinta a todo lo que los registros habían mostrado antes.
Quiénes se van y por qué
El análisis del OCEC identifica tres perfiles principales entre quienes han abandonado el mercado laboral chileno.
El primero es el de los "recién llegados": venezolanos que ingresaron a Chile en los últimos años, que no lograron consolidar una posición laboral estable, y que ante el deterioro de sus condiciones económicas y las nuevas variables del contexto regional, optaron por continuar su trayectoria migratoria hacia otro destino o por regresar.
El segundo perfil es el de los subempleados: venezolanos que tenían trabajo en Chile pero en condiciones precarias, con ingresos insuficientes, sin contrato formal o en empleos muy por debajo de su formación. Para este grupo, la ecuación costo-beneficio de permanecer en Chile se fue deteriorando progresivamente, especialmente en un contexto de mercado laboral chileno que tampoco ha mostrado dinamismo suficiente en los últimos años.
El tercer perfil es el más sorprendente y, en cierto modo, el más revelador: los profesionales. Venezolanos con formación universitaria, con trayectoria laboral en Chile, que en teoría deberían ser los más integrados y los más difíciles de perder. Si incluso este grupo está saliendo, la señal es que el deterioro de las condiciones o la mejora de las alternativas externas son lo suficientemente significativos como para mover a personas que habían apostado por quedarse.
El factor Venezuela: lo que Estados Unidos cambió
El artículo de Emol menciona un dato que merece toda la atención analítica disponible: el fenómeno coincide con la intervención militar de Estados Unidos en Venezuela.
Esa es la variable exógena que lo explica todo, o al menos una parte determinante de todo.
La intervención estadounidense en Venezuela alteró de manera profunda el cálculo que cada venezolano en el exterior hace sobre su futuro. Durante años, ese cálculo era simple y brutal: Venezuela bajo Maduro era un país sin horizonte. Quedarse en el exilio —en Chile, en Colombia, en Perú, en España, donde fuera— era la única apuesta racional. Regresar equivalía a volver a la escasez, a la represión, a la ausencia de oportunidades.
La intervención de Estados Unidos cambió esa ecuación, aunque no de manera uniforme ni garantizada. Abrió la posibilidad —todavía incierta, todavía frágil— de que Venezuela entre en un proceso de transición. Y esa posibilidad, por sí sola, es suficiente para mover a miles de personas que llevaban años esperando una señal para considerar el regreso.
No todos los que salieron del mercado laboral chileno regresaron a Venezuela. Algunos se fueron a otros países con mejores condiciones laborales. Algunos entraron a la informalidad en Chile sin figurar en las estadísticas del INE. Pero el timing es demasiado claro para ser coincidencia: la aceleración del descenso ocurre exactamente cuando el escenario venezolano comienza a moverse.
Para VDI Global, que sigue con atención el proceso político venezolano, esto tiene una dimensión adicional: si la intervención estadounidense efectivamente abre un camino de transición real en Venezuela, el fenómeno migratorio que estamos viendo en Chile podría ser el primer capítulo de un movimiento de retorno que en los próximos años tenga una escala mucho mayor. No solo desde Chile. Desde toda la región.
Lo que esto significa para el mercado laboral chileno
La salida de 45 mil venezolanos del mercado laboral en doce meses no es una noticia neutral para la economía chilena. Tiene efectos en múltiples dimensiones que vale la pena desagregar.
El primero es sobre la oferta laboral. La migración venezolana fue, durante años, un factor que contribuyó a sostener la oferta de trabajo en sectores con alta demanda de mano de obra: construcción, gastronomía, comercio, servicios. La salida masiva de este grupo contrae esa oferta, lo que en un mercado laboral dinámico podría traducirse en presión salarial al alza en algunos sectores. En el mercado laboral chileno actual, que no muestra el dinamismo necesario, el efecto es más complejo de predecir.
El segundo efecto es sobre la informalidad. Una parte de los venezolanos que "salen" de las estadísticas del INE no necesariamente salen de Chile. Pueden estar pasando a la economía informal, que no queda registrada en la encuesta de empleo. Si ese es el caso, la contracción estadística no refleja plenamente la realidad del fenómeno y sus implicancias para la seguridad social, la recaudación tributaria y la protección laboral son distintas.
El tercero es sobre los sectores donde la presencia venezolana era más intensa. La gastronomía chilena, por ejemplo, incorporó masivamente a trabajadores venezolanos durante la última década. Si ese flujo se revierte aceleradamente, algunos sectores pueden enfrentar problemas de dotación que no son fáciles de resolver en el corto plazo con trabajadores de otros orígenes.
La dimensión política: migración ordenada como política de Estado
Este fenómeno llega en un momento en que el gobierno de Kast ha puesto la migración ordenada como uno de sus ejes de gestión. La salida acelerada de venezolanos del mercado laboral es, en ese contexto, una señal mixta.
Por un lado, confirma que las políticas de control migratorio más estrictas —combinadas con el deterioro de las condiciones en Chile para los migrantes menos integrados— están produciendo un efecto de autoselección: quienes no tienen una inserción laboral sólida tienden a irse. Eso puede considerarse un resultado buscado por una política de migración ordenada.
Por otro lado, la salida de profesionales venezolanos integrados es una pérdida de capital humano que Chile absorbió durante años sin mayores beneficios estructurales y que ahora ve partir sin haber aprovechado plenamente. Es el problema clásico de los países que reciben migrantes de alta calificación en condiciones precarias: los forman, los integran parcialmente, y los pierden cuando aparece una mejor opción.
El gobierno de Kast tiene aquí una oportunidad de política pública que no debería desperdiciar: diseñar mecanismos para retener a los migrantes con formación y trayectoria que efectivamente agregan valor al mercado laboral chileno, diferenciándolos claramente de quienes ingresan en condiciones irregulares o que no logran integrarse. La migración no es un fenómeno homogéneo y las políticas que la tratan como tal producen resultados subóptimos en todos los sentidos.
Lo que Los Prisioneros no podían imaginar
Los Prisioneros le cantaban a los privilegiados del Chile de los ochenta: "Por qué no se van, no se van del país." Era una canción de rabia contra quienes tenían todo y no querían ceder nada.
Hoy la pregunta se invierte con una ironía que la historia raramente ofrece con tanta precisión. No son los privilegiados los que se van. Son quienes vinieron sin nada, trabajaron en las condiciones que Chile les ofreció, sostuvieron sectores enteros de la economía informal y formal durante años, y ahora ven una posibilidad —todavía incierta— de que su país de origen vuelva a ser un lugar donde valga la pena vivir.
El inmigrante que se va porque su país puede estar mejorando no es un fracaso de la política migratoria. Es, en cierto sentido, el éxito de la política que derrocó a Maduro. Y es también un recordatorio de que la migración es siempre un fenómeno dinámico, bidireccional, sensible a los cambios en ambos extremos del viaje.
Chile recibió a cientos de miles de venezolanos cuando Venezuela era inviable. Si Venezuela deja de serlo, muchos volverán. Eso es predecible, comprensible y, desde el punto de vista de quienes creen en el derecho de las personas a vivir en su propio país en condiciones de libertad y dignidad, algo que debería celebrarse.
Lo que Chile debe gestionar bien es la transición. Que la salida sea ordenada, que no deje vacíos institucionales, que los que se quedan tengan un estatus claro, y que los que se van puedan hacerlo sin dejar deudas pendientes con el sistema que los acogió.
Conclusión: un fenómeno inédito que exige análisis, no pánico ni celebración ciega
Cuarenta y cinco mil venezolanos menos en el mercado laboral chileno en doce meses es un dato que merece análisis serio, no titular fácil.
No es una crisis. No es un colapso. Es un reajuste de magnitud inédita en un flujo migratorio que durante años fue de una sola dirección. Las causas son múltiples: deterioro de condiciones en Chile, mejores alternativas en otros destinos, y sobre todo el cambio de escenario en Venezuela tras la intervención estadounidense.
El gobierno de Kast tiene ante sí un fenómeno que puede gestionar bien o mal. Bien, si usa este momento para consolidar una política migratoria que distinga entre quienes aportan y quienes no, que facilite el retorno digno de quienes quieren volver, y que retenga el capital humano que efectivamente conviene retener. Mal, si lo trata como un titular de campaña sin profundidad de política pública.
Los venezolanos que se van merecen que se entienda por qué se van. No para lamentarlo sin matices ni para celebrarlo sin análisis. Sino para gestionarlo como lo que es: un fenómeno histórico nuevo en un país que aprendió, a las malas y a las buenas, que la migración no es solo un problema. También es una oportunidad. Y cuando se gestiona bien, puede serlo para todos.