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AHORA SON DELICADOS DE PIEL EN RN: LA "DERECHITA COBARDE" VUELVE A INCENDIAR LA COALICIÓN Y CHILE VAMOS SALE A DEFENDERSE DE SÍ MISMO EN LUGAR DE GOBERNAR

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AHORA SON DELICADOS DE PIEL EN RN: LA "DERECHITA COBARDE" VUELVE A INCENDIAR LA COALICIÓN Y CHILE VAMOS SALE A DEFENDERSE DE SÍ MISMO EN LUGAR DE GOBERNAR

La diputada republicana Stephanie Jéldrez usó la expresión "derechita cobarde" en Radio Agricultura para criticar a los parlamentarios de Chile Vamos que se descolgaron de la acusación constitucional contra Nicolás Grau. La reacción de RN y Evópoli fue inmediata, airada y, en el fondo, reveladora: en lugar de discutir si la crítica tiene sustancia, prefirieron discutir el tono. Es el síndrome clásico de quien sabe que algo de lo que se le dice es verdad.

El detonante: una radio, una diputada y una frase que quema

El viernes pasado, la diputada Stephanie Jéldrez, del Partido Republicano, participó en un programa de Radio Agricultura junto a la exdiputada Pamela Jiles. En ese contexto, Jéldrez planteó que existe una romantización de la moderación en la derecha que, a su juicio, ya pasó de moda. Agregó que el electorado castiga ese perfil y que hay sectores de la derecha con falta de olfato político.

La expresión que encendió la mecha fue la misma que lleva años sobrevolando las relaciones entre el Partido Republicano y Chile Vamos: "derechita cobarde". No es una invención de Jéldrez. Es una frase que el propio Presidente José Antonio Kast ha usado en distintos momentos para referirse a sectores de la derecha que, en su visión, eluden las definiciones difíciles por cálculo electoral. Una frase que tiene historia, tiene contexto y tiene, hay que decirlo, una dosis importante de verdad empírica.

Pero esta vez la frase llegó en un momento particularmente sensible: en el marco de la discusión sobre la acusación constitucional contra el exministro Nicolás Grau, impulsada por republicanos y el Partido Nacional Libertario, y de la que varios diputados de Chile Vamos tomaron distancia pública. El subcontexto era evidente: la "derechita cobarde" no era una abstracción filosófica. Era una descripción directa de los parlamentarios aliados que se negaron a sumarse al libelo.


La reacción: mucho ruido, poca sustancia

Lo que vino después revela más sobre el estado interno del oficialismo que el propio episodio que lo desencadenó.

La presidenta de Renovación Nacional, Andrea Balladares, se contactó directamente con Jéldrez para hacerle un llamado de atención. Según versiones recogidas por La Tercera, la diputada republicana intentó explicar que sus palabras fueron sacadas de contexto. Una respuesta que, convengamos, es el recurso estándar de quien sabe que no puede retractarse del fondo pero necesita bajar la temperatura.

El diputado de Evópoli Jorge Guzmán fue más elocuente. Dijo que la responsabilidad política exige proteger al gobierno de sus adversarios cuando corresponde, pero también de los errores de sus propios aliados. Luego ofreció su propia definición de la "derechita cobarde": la que vota contra sus propias convicciones por temor a las críticas de la derecha radical. Y terminó invitando a Jéldrez y al diputado Cristian Araya a abandonar la "superioridad moral".

La vicepresidenta de la Cámara Ximena Ossandón, de RN, declaró que "la gente no pide acusaciones constitucionales, pide seguridad, justicia y dignidad", sugiriendo que sumarse a ese tipo de peleas parlamentarias equivale a ofrecer un espectáculo a la ciudadanía en lugar de gobernar.

Y el jefe de bancada de RN, Diego Schalper, fue quizás el más directo en su crítica al fondo: escribió que la política no consiste en la cuña más incendiaria para ganar apoyos circunstanciales, y que "ir hacia donde va el buque suena más a oportunismo y cortoplacismo que a liderazgo y sentido político".


Lo que cada uno está diciendo realmente

Detrás de los comunicados y las declaraciones formales, hay un debate de fondo que vale la pena desenredar con honestidad.

Cuando Jéldrez habla de "derechita cobarde" en el contexto de la AC contra Grau, está diciendo que Chile Vamos tuvo la oportunidad de usar un instrumento institucional para golpear al gobierno anterior —el de Boric— y prefirió no hacerlo. Su argumento es político-electoral: el electorado de derecha quiere contundencia, y los parlamentarios que se moderan pierden votos hacia el sector que sí la ejerce.

Cuando Guzmán de Evópoli responde hablando de institucionalidad y de no usar las acusaciones constitucionales con fines tácticos, está diciendo algo distinto: que el criterio para votar un libelo debe ser jurídico y no de conveniencia política, y que sumarse a una acusación por presión del ala más dura de la coalición sería exactamente el tipo de oportunismo que critican en otros.

Cuando Ossandón dice que la gente pide seguridad y no acusaciones constitucionales, está diciendo algo que tiene base empírica pero que también es un escudo cómodo: es cierto que la ciudadanía no sigue el detalle de los debates parlamentarios, pero eso no significa que los parlamentarios deban evitar todos los conflictos de fondo por temor a que se perciban como espectáculo.

Y cuando Schalper critica el oportunismo de ir donde va el buque, está describiendo exactamente lo que los republicanos acusan a Chile Vamos de hacer en sentido inverso: moderar las posiciones para no incomodar a un electorado que tampoco les pertenece del todo.

Todos tienen parte de razón. Ninguno tiene toda la razón. Y eso es precisamente el problema.


El problema real que la discusión encubre

La pelea sobre la "derechita cobarde" es, en el fondo, un síntoma de algo más estructural: la coalición de gobierno no tiene una doctrina compartida sobre cuándo usar los instrumentos de fiscalización parlamentaria y cuándo abstenerse.

La acusación constitucional contra Grau es un buen ejemplo. Los republicanos y el PNL la impulsaron con el argumento de que el exministro tuvo responsabilidad política en la crisis del CAE y los embargos de la TGR. Chile Vamos —al menos una parte significativa de sus parlamentarios— consideró que el libelo no tenía mérito jurídico suficiente o que el momento político no era el adecuado.

Cualquiera de esas dos posiciones puede ser legítima. Lo que no es aceptable —y aquí VDI Global tiene una posición clara— es que la decisión se tome en función de la comodidad del parlamentario individual y no de un criterio colectivo previamente acordado. Si Chile Vamos tiene una política sobre el uso de la acusación constitucional, deberían haberla comunicado antes y haberla aplicado con consistencia. Si no la tiene, esa es la verdadera derechita cobarde: no la que vota distinto, sino la que evita el debate interno porque incomoda.


La paradoja de los delicados de piel

Hay algo irónico en que RN salga a defender su honor frente a la expresión "derechita cobarde" en lugar de debatir si la descripción tiene algún grado de verdad.

Renovación Nacional es el partido que más ha oscilado entre el apoyo leal al gobierno de Kast y las señales de distancia cuando el costo político se percibe elevado. Es el partido de Ossandón, quien ha representado históricamente la ala más moderada y que en más de una ocasión ha generado cortocircuitos con La Moneda. Es el partido que, en la lógica interna del oficialismo, genera más fricciones por sus posiciones ambiguas en momentos de definición.

Que ahora RN se moleste porque una diputada republicana use una frase que el propio Presidente ha usado antes no es exactamente un argumento de fondo. Es una reacción de amor propio institucional que, en lugar de fortalecer a la coalición, exhibe sus costuras.

Los partidos que gobiernan con convicción no se detienen a responder cada adjetivo que les lanza un aliado incómodo. Los partidos que gobiernan con inseguridad, sí.


¿Qué debería hacer el Gobierno?

El Presidente Kast tiene aquí una decisión que tomar, aunque no necesariamente de manera explícita. La "derechita cobarde" es una frase que él mismo acuñó y usó con sentido político claro. Permitir que sus propios aliados de Chile Vamos la conviertan ahora en una causa de ofensa institucional equivale a distanciarse de su propio diagnóstico.

Al mismo tiempo, el Gobierno necesita a Chile Vamos para gobernar. La matemática parlamentaria no le alcanza solo con los republicanos. Y una relación permanentemente tensionada por este tipo de episodios hace más difícil la aprobación de la agenda legislativa, desde la sala cuna universal hasta el secreto bancario.

Lo que el Gobierno necesita —y lo que hasta ahora no ha construido con suficiente solidez— es un mecanismo de coordinación política interna que permita procesar estas diferencias antes de que exploten en la radio. Una mesa de coordinación real, con criterios compartidos sobre cuándo votar en bloque y cuándo hay espacio para la disidencia, y con canales para procesar las diferencias sin que cada episodio se convierta en un titular de prensa sobre la fragilidad de la coalición.

Ese déficit de arquitectura política interna es, al final del día, más preocupante que cualquier frase dicha en Radio Agricultura.


Conclusión: el adjetivo que duele porque algo de verdad tiene

La "derechita cobarde" molesta en RN y Evópoli no principalmente porque sea injusta. Molesta porque toca un nervio real.

La derecha chilena tiene un problema histórico de coherencia entre lo que dice en campaña y lo que hace en el Congreso. De convicción que se diluye cuando llega la hora del voto difícil. De liderazgos que miden más el costo personal que el principio colectivo. Ese problema no lo inventaron los republicanos. Lo documentaron cuatro décadas de política chilena.

Jéldrez puede haber usado la frase de manera imprudente, en un contexto que no facilitaba la conversación constructiva, y con una cuota de provocación que no ayuda a la cohesión del bloque gobernante. Todo eso es verdad.

Pero la respuesta de RN y Evópoli —salir a defender el honor en lugar de debatir el fondo— confirma que el problema que la frase describe sigue vigente. La mejor refutación de la "derechita cobarde" no es un comunicado de prensa airado. Es gobernar con convicción cuando cuesta.

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