ISRAEL, SIN TIEMPO PARA DESPEJAR SUS DUDAS
La noche del 27 de octubre, Benjamin Netanyahu celebró que el Likud volvía a ser el partido más grande de Israel. Una semana después, esa victoria parcial empieza a parecerse a una derrota. Los partidos que no forman parte de su bloque comienzan a ordenarse detrás de Gadi Eisenkot, que podría llegar a la residencia presidencial con 60 recomendaciones. Algunos de sus propios aliados dudan. Y el presidente Isaac Herzog tiene hasta el 11 de noviembre para decidir a quién encarga formar gobierno. Israel enfrenta una encrucijada que en otro momento podría resolverse con paciencia. Pero este no es otro momento: Irán vuelve a tensar el estrecho de Ormuz, Washington está a punto de cambiar su equilibrio político y el país sigue sin un gobierno con mayoría para tomar decisiones que no admiten espera.
Una semana que cambió el tablero
Cuando se cerraron las urnas, el escenario parecía bloqueado. El bloque de Netanyahu obtuvo 53 escaños, ocho menos de los 61 que se necesitan para gobernar. La oposición sionista sumó 48. Los partidos árabes, un récord de 19. Nadie tenía mayoría, y nadie parecía dispuesto a moverse.
Siete días después, los movimientos comenzaron.
El primero vino de Naftali Bennett. Su partido, B’Yachad, con 12 escaños, anunció que recomendará a Eisenkot para formar el próximo gobierno. Es una decisión que tiene peso propio. Bennett fue primer ministro, lideró durante meses las encuestas de la oposición y compitió con Eisenkot por el liderazgo del bloque contrario a Netanyahu. Que ahora lo respalde significa que la oposición sionista, que no logró ordenarse durante la campaña, empieza a hacerlo después de ella.
El segundo movimiento fue más delicado. Un alto dirigente de la Lista Conjunta adelantó que su partido y Ra’am también recomendarán a Eisenkot ante Herzog. Son 19 escaños. La Lista Conjunta ya había dicho públicamente que estaba dispuesta a cooperar para formar un gobierno alternativo y terminar con el gobierno de Netanyahu, aunque sin integrarlo. Ra’am, el partido islamista de Mansour Abbas, ya formó parte de una coalición en 2021, junto a Bennett y Yair Lapid.
En paralelo, el líder de Los Demócratas, Yair Golan, mantuvo la línea que lo distingue en la oposición: conversó el domingo con los dirigentes de la Lista Conjunta, Yousef Jabareen y Ahmad Tibi, después de haberse reunido días antes con Abbas.
La aritmética de las recomendaciones
Con esos apoyos, las cuentas cambian. Yashar aporta 21 escaños, B’Yachad 12, Los Demócratas 8, la Lista Conjunta 11 y Ra’am 8. En total, 60 recomendaciones para Eisenkot, incluso sin Yisrael Beytenu. Si Avigdor Liberman decidiera sumarse, la cifra subiría a 67.
Del otro lado, Netanyahu conserva sus 53 escaños, pero no necesariamente 53 recomendaciones. Si Judaísmo Unido de la Torá decide no respaldarlo, su cuenta bajaría a 46.
Conviene entender qué significan estas cifras. Recomendar a un candidato no es lo mismo que formar parte de su gobierno ni comprometerse a votar por él. Herzog debe evaluar quién tiene una posibilidad real de reunir una mayoría en la Knéset, no simplemente quién recibe más apoyos en la ronda de consultas. Pero en política, los números iniciales pesan. Y por primera vez desde la elección, juegan a favor de Eisenkot.
La sorpresa ultraortodoxa
El movimiento más inesperado de la semana viene del mundo ultraortodoxo. Según la prensa israelí, Eisenkot evalúa la posibilidad de un gobierno en minoría con apoyo externo de Ra’am y de Judaísmo Unido de la Torá, el partido ultraortodoxo askenazí, que tiene siete escaños y estaría considerando terminar su larga alianza con Netanyahu.
Es una idea que tiene lógica aritmética y un problema político evidente. Eisenkot hizo campaña con una promesa central: una ley de servicio militar universal, sin cuotas ni excepciones, que obligue también a los jóvenes ultraortodoxos a enlistarse. Judaísmo Unido de la Torá ha hecho exactamente de lo contrario, la exención de los estudiantes de las academias religiosas, su causa principal durante décadas. Fue esa disputa la que, en parte, desgastó al gobierno saliente y precipitó la disolución del parlamento.
Un gobierno que dependa de ambos exigiría que alguno renuncie a lo que prometió. O que la ley del servicio militar quede postergada indefinidamente, algo que los votantes de Eisenkot, muchos de ellos reservistas que pasaron meses en el frente, difícilmente aceptarían.
El llamado de Herzog
El presidente fijó el tono durante la ceremonia en memoria de Chaim Weizmann, el primer presidente del Estado de Israel. Dijo que los resultados de la elección son un hecho consumado, una realidad, y pidió a los dirigentes “dejar de subirse a los árboles” y ubicarse frente a esa realidad.
El mensaje tenía destinatarios claros. Por un lado, el Likud, que sigue denunciando una supuesta interferencia en el proceso electoral y anunció que entregará antecedentes al comité electoral, a la policía y al Shin Bet. Por otro, los líderes de la oposición, que se han atado con promesas que hoy les impiden sumar.
El calendario no deja margen. El miércoles 4 de noviembre, el comité electoral presenta los resultados oficiales y comienzan las consultas, que podrían extenderse hasta el viernes. Herzog tiene siete días para asignar el mandato, con plazo hasta el 11 de noviembre. Quien lo reciba tendrá 28 días para formar gobierno, con una posible prórroga de 14. Mientras tanto, el 10 de noviembre jura la nueva Knéset, haya o no acuerdo.
Según trascendidos, tanto Herzog como Donald Trump verían con buenos ojos un gobierno de unidad que incluya a Eisenkot.
Las dudas de fondo
El historiador israelí Adam Raz resume bien el dilema. A su juicio, la única salida realista sería un gobierno de unidad nacional entre el Likud y Yashar. Pero Eisenkot ha dicho varias veces que no se sentará con Netanyahu, y la enemistad ideológica y personal entre ambos campos es tan profunda que podría impedir cualquier acuerdo, incluso con la presión de Trump o del presidente israelí.
Raz agrega un elemento que suele quedar fuera del análisis: para Netanyahu, dejar la oficina del primer ministro no es solo una cuestión política. Su juicio por corrupción sigue en curso, y conservar el poder tiene también una dimensión personal. Eso explica, en parte, por qué el primer ministro no ha reconocido la pérdida de su mayoría y por qué su partido insiste en cuestionar la legitimidad del resultado.
En cambio, Raz no espera un giro profundo en la política exterior israelí, cualquiera sea el gobierno que surja. Su argumento es que el conflicto central del país no se ordena entre izquierda y derecha. En seguridad, Irán y la relación con Estados Unidos, las diferencias entre Netanyahu y Eisenkot son menores de lo que sugiere la campaña.
Un clima que se enrarece
Las tensiones no se limitan a los despachos. El domingo por la noche, un grupo de manifestantes se reunió frente a la casa de Eisenkot y lo llamó traidor. Es una señal preocupante en un país donde la retórica política ha escalado durante los últimos años, y donde la memoria del asesinato de Yitzhak Rabin sigue presente.
Al mismo tiempo, el servicio de seguridad interior investiga transferencias de dinero desde Qatar a un diputado de la Lista Conjunta. El caso está en etapa de investigación y rige la presunción de inocencia. Pero llega en el peor momento para un partido que podría convertirse en apoyo decisivo de un nuevo gobierno, y será usado por el Likud para cuestionar cualquier coalición que dependa de él.
Lo que pasa fuera de Israel
Mientras los partidos discuten, el entorno estratégico se mueve.
En el Golfo, Irán informó de nuevas explosiones de petroleros que impactaron minas en el estrecho de Ormuz, por donde pasa una parte esencial del petróleo mundial. Estados Unidos mantiene un bloqueo naval contra el régimen iraní. Y la planificación militar de una eventual tercera ronda contra Irán ya está trazada, con un desafío pendiente: una instalación nuclear excavada bajo una montaña cerca de Natanz, que podría resistir incluso las bombas más poderosas del arsenal estadounidense.
En Washington, el martes se celebran las elecciones de mitad de mandato. Las encuestas anticipan que los demócratas recuperarán al menos la Cámara de Representantes, y la Casa Blanca ya se prepara para gobernar con un Congreso opositor. Al mismo tiempo, desde el miércoles Trump quedará libre del freno electoral que lo llevó a postergar decisiones sobre Irán.
Israel tendrá que responder a ese escenario. Y hoy no tiene con qué: su primer ministro está en funciones, su oposición recién se ordena y su parlamento aún no ha jurado.
Lectura editorial
La semana deja una paradoja que conviene nombrar. La oposición sionista, que fue incapaz de unirse durante la campaña, empieza a hacerlo ahora. Pero lo hace apoyándose en dos partidos que Bennett y Liberman juraron no incluir, y explorando el respaldo de un partido ultraortodoxo cuya agenda contradice la promesa más importante de Eisenkot. Lo que se está formando es una mayoría para impedir que Netanyahu siga gobernando. Todavía no es una mayoría para gobernar.
VDI Global ha sostenido desde el día después de la elección que la salida más sólida para Israel es un gobierno amplio de centroderecha, construido sobre lo que une a la mayoría sionista del país: la seguridad, la amenaza iraní, el desarme de Hamás, la alianza con Estados Unidos, la ley de servicio militar y la comisión de investigación sobre el 7 de octubre. Esa opción sigue siendo la más estable, y es también la que Trump y Herzog parecen preferir.
Las alternativas tienen problemas serios. Un gobierno que dependa del apoyo externo de la Lista Conjunta sería frágil desde el primer día. Ese partido tiene posiciones muy distantes del consenso israelí en materia de seguridad, y uno de sus diputados está bajo investigación. Ra’am es un caso distinto: Mansour Abbas demostró en 2021 que puede ser un socio pragmático, centrado en las necesidades concretas de la población árabe israelí. Pero un gobierno sostenido en 60 votos y dos apoyos condicionados no es el que Israel necesita para enfrentar lo que viene.
Tampoco lo es un gobierno en funciones que se prolongue durante meses mientras el país se encamina a una sexta elección desde 2019. Ese es el escenario que más le conviene a Netanyahu, porque le permite seguir gobernando sin mayoría. Y es el que menos le conviene a Israel.
La responsabilidad está repartida. Netanyahu tiene que aceptar que su coalición perdió 15 escaños y que no puede seguir actuando como si hubiera ganado. Eisenkot tiene que aceptar que no puede gobernar solo con quienes coinciden en no querer a Netanyahu. Bennett y Liberman tienen que decidir si sus líneas rojas valen más que la estabilidad del país. Y todos tienen que entender que el reloj no lo marcan ellos.
Las dudas de los dirigentes israelíes son legítimas. Lo que no tienen es tiempo para resolverlas con calma.
Lo que viene
El miércoles 4 de noviembre se presentan los resultados oficiales y comienzan las consultas en la residencia presidencial. Hasta el 11, Herzog debe asignar el mandato. El 10, la nueva Knéset jura y enfrenta su primera prueba de fuerza en la elección de su presidente. Si Eisenkot recibe el encargo, tendrá hasta seis semanas para demostrar que su mayoría sirve para algo más que para votar en contra. Si fracasa, el turno podría pasar a otro candidato, o el país podría volver a las urnas.
Mientras tanto, en Teherán y en Washington, nadie está esperando.