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NETANYAHU PERDIÓ LA MAYORÍA, PERO GANÓ ALGO MÁS VALIOSO: TIEMPO

NETANYAHU PERDIÓ LA MAYORÍA, PERO GANÓ ALGO MÁS VALIOSO: TIEMPO

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Por Redacción VDI Global

Cuatro días después de la elección, el mapa político de Israel tiene una paradoja central. Benjamin Netanyahu perdió la mayoría, pero no necesita hacer nada para seguir gobernando. Gadi Eisenkot quedó mejor posicionado para reemplazarlo, pero necesita que socios que no se hablan acuerden algo que juraron no acordar. En esa asimetría está la clave de las próximas semanas: el reloj corre a favor del que espera, no del que tiene que construir. Y las llaves para cambiar esa ecuación están repartidas entre cuatro actores.

La ventaja de no tener que ganar

La ley israelí es clara: el gobierno saliente permanece en funciones hasta que otro jure. Netanyahu no tiene plazo. Aunque Herzog le encargue a Eisenkot formar gobierno, el primer ministro seguirá en su oficina durante los 28 días de negociación y la eventual prórroga de 14. Si ese intento fracasa, se abren otros mecanismos legales. Si todos fracasan, el país vuelve a votar, y Netanyahu llega a esa elección como jefe de gobierno.

Eso cambia la lógica de la negociación. Para el Likud, cada día sin acuerdo opositor es un día ganado. Para Eisenkot, cada día sin acuerdo erosiona la idea de que el país votó por el cambio.

Las cifras finales no dejan margen: el bloque de Netanyahu tiene 53 escaños, la oposición sionista 48 y los partidos árabes 19. Hay 67 diputados que no pertenecen al bloque del primer ministro, pero que no han acordado gobernar juntos. Una mayoría contra alguien no es lo mismo que una mayoría a favor de algo.

Primera llave: Liberman

Avigdor Liberman es hoy la pieza más rígida del tablero. Reiteró que no se sentará ni con Netanyahu ni con los partidos árabes, y según la prensa israelí rechazaría incluso una rotación en la que él fuera primer ministro primero.

Pero hay algo más que principios en su postura. Dirigentes de Yisrael Beytenu acusan a Eisenkot de un pecado de arrogancia y de una campaña egoísta. Sostienen que hablar de un gobierno en minoría con apoyo árabe espantó a votantes que ya se habían pasado a la oposición y le devolvió unos siete escaños al bloque de Netanyahu. Después de culpar a esa idea por la derrota, a Liberman le resultará casi imposible respaldarla.

Sin sus siete escaños, la oposición sionista baja a 41. Ninguna fórmula alternativa funciona sin él, o sin reemplazarlo con votos de otro lado.

Segunda llave: Bennett

Naftali Bennett tiene un problema distinto. Ya gobernó con Ra’am en 2021 y pagó un costo político por ello. Ahora encabeza una lista de 12 escaños, bastante menor que la de Eisenkot, que lo desplazó como figura principal de la oposición.

Su dilema es personal. Si entra a un gobierno de Eisenkot, se convierte en socio menor del hombre que lo superó. Si se queda fuera, corre el riesgo de ser recordado como el dirigente que tuvo en sus manos el cambio y no lo usó. Por ahora, se reunió con Eisenkot y firmó con él un compromiso de formar un buen gobierno lo antes posible. Pero no se ha comprometido con ninguna fórmula concreta.

Tercera llave: Ra’am

Mansour Abbas tiene la llave aritmética más fina. Si Ra’am, con sus ocho escaños, vota a favor de un gobierno de Eisenkot y la Lista Conjunta se abstiene, el nuevo gobierno ganaría el voto de confianza por 56 a 53. No necesita 61: le basta tener más votos a favor que en contra.

Pero Abbas no parece dispuesto a ofrecer ese apoyo gratis ni a cualquier precio. Ya advirtió que un gobierno en minoría con apoyo externo sería débil o imposible. Y para Bennett y Liberman, depender de Ra’am significaría romper la promesa que hicieron durante toda la campaña.

Cuarta llave: Ben Gvir y Smotrich

La última llave está dentro del propio bloque de Netanyahu. Itamar Ben Gvir y Bezalel Smotrich suman 13 escaños entre Otzma Yehudit y Sionismo Religioso-Zehut. Sin ellos, Netanyahu no tiene bloque. Con ellos, difícilmente consigue socios nuevos.

Su posición es delicada. Durante la campaña, el Likud les quitó votos con el argumento de que cada voto a un partido pequeño ponía en riesgo a Netanyahu. Ahora, activistas del Likud culpan a Ben Gvir de haber movilizado al voto árabe con sus políticas. Y desde Washington llegan señales de que Donald Trump preferiría un gobierno sin ambos.

Si Netanyahu explora un gobierno de unidad, ellos podrían quedar fuera. Si amenazan con romper demasiado pronto, podrían quedar fuera igual.

El tablero en tres tiempos

El calendario ordena la partida.

4 de noviembre. Herzog recibe los resultados oficiales y empieza las consultas. El tamaño del Likud no decide nada por sí solo: el presidente debe evaluar quién tiene una posibilidad real de formar gobierno. Un partido puede recomendar a Eisenkot para impedir que el encargo vaya a Netanyahu, sin comprometerse a apoyar luego su gobierno.

10 de noviembre. Jura la nueva Knéset. La oposición evalúa usar ese día para reemplazar al presidente del parlamento, Amir Ohana, del Likud. Si lo logra, demostrará que su mayoría funciona en la práctica. Si fracasa, exhibirá su debilidad justo donde parece más fuerte. Y hay una trampa: Bennett y Liberman podrían votar contra Netanyahu en el parlamento precisamente porque eso no los obliga a apoyar un gobierno de Eisenkot.

Hasta 42 días después. Quien reciba el encargo tendrá 28 días, prorrogables por 14, para formar gobierno. Si nadie lo logra, la ley abre otros caminos, incluida una nueva elección. Entre tanto, ya circula de nuevo la idea de una elección directa del primer ministro, un sistema que Israel usó en 1996, 1999 y 2001 y luego abandonó.

La opción que nadie nombra

La aritmética de la unidad es tentadora: Likud y Yashar suman 48 escaños, y con B’Yachad llegan a 60. Pero las preguntas son demasiadas. Quién sería primer ministro primero en una rotación. Si Netanyahu aceptaría una comisión estatal sobre el 7 de octubre. Qué pasaría con la ley de servicio militar. Si Ben Gvir y Smotrich quedarían fuera. Y qué garantizaría que un acuerdo firmado sobreviva a la primera crisis.

Eisenkot y Bennett prometieron no gobernar con Netanyahu. Romper esa promesa tendría un costo enorme. Pero mantenerla a cualquier precio tampoco garantiza nada. Una nueva elección podría devolverle a Netanyahu los ocho escaños que hoy le faltan.

Washington es el factor externo que podría alterar el cálculo. Si Trump presenta una iniciativa diplomática o de seguridad concreta, vinculada a Irán, a Gaza o a la normalización con Arabia Saudita, que requiera un gobierno amplio, ambos líderes tendrían una justificación pública para un acuerdo que hoy rechazan. Pero eso exige una propuesta real, no solo una preferencia.

Lectura editorial

La oposición israelí ganó la elección moral y perdió la aritmética. Castigó a la coalición del 7 de octubre, pero no supo convertir ese castigo en un proyecto común. Las peleas internas comenzaron antes de la votación y siguen después.

Netanyahu, en cambio, hizo lo que mejor sabe hacer: concentró el voto en el Likud, mantuvo a sus socios bajo control y ahora puede esperar. Esa es su fortaleza y también su límite. Puede resistir, pero sin socios nuevos no puede gobernar con estabilidad.

Para VDI Global, la peor salida sería la más fácil: que nadie ceda, que el país entre en meses de parálisis y que termine en una sexta elección. Israel enfrenta a Irán, a Hezbolá, a Hamás, a una Turquía cada vez más hostil y a un mundo que observa si sigue siendo fuerte. No puede permitirse un vacío prolongado.

Hay una mayoría sionista en la Knéset que coincide en lo esencial: seguridad, Irán, desarme de Hamás y alianza con Estados Unidos. La responsabilidad de sus líderes es encontrar una fórmula que la exprese, aunque eso obligue a alguno a revisar una promesa. Un acuerdo imperfecto entre fuerzas sionistas es preferible a la paralización. Y es preferible también a un gobierno que dependa de quienes no comparten esas bases.

Netanyahu tiene el tiempo. Eisenkot tiene el mandato moral. Israel necesita que alguno de los dos convierta lo que tiene en un gobierno.

Lo que viene

El miércoles 4 de noviembre empiezan las consultas en la residencia presidencial. El martes 10 jura la Knéset y se libra la primera batalla por su presidencia. Entre ambas fechas se sabrá si las cuatro llaves empiezan a girar, o si el reloj sigue corriendo a favor del que espera.

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