LA FACH PROYECTA LOS DESAFÍOS DE INCORPORAR UN CAZA DE QUINTA GENERACIÓN: EL AVIÓN ES SOLO EL COMIENZO
En su último discurso como comandante en jefe de la Fuerza Aérea de Chile, el general del aire Hugo Rodríguez no habló de modelos ni de precios. Habló de lo que casi nadie menciona cuando se discute un caza de quinta generación: educación, infraestructura, integración digital y entrenamiento. Su advertencia llega cuando el reemplazo de los F-5E/F Tigre III ya es un proceso formal y cuando Washington ha dicho que Chile está en condiciones de operar el F-35A Lightning II. La pregunta de fondo ya no es si Chile puede tener un avión de última generación, sino si está dispuesto a construir todo lo que ese avión necesita para servir.
La despedida que fijó la agenda
El viernes 30 de octubre, en la ceremonia en que el general Leonardo Romanini asumió el mando de la FACh, el general Rodríguez dejó un mensaje para su sucesor y para el poder político. Dijo que preparar la llegada de un caza de quinta generación será exigente. La institución necesitará personal altamente calificado, infraestructura adecuada, sistemas que conversen entre sí y una arquitectura digital capaz de integrar sensores, información y decisiones.
Y cerró con una idea que vale para cualquier institución armada: las instituciones “no trascienden solo por sus equipamientos, sino por sus valores”.
Un proceso que ya empezó
El reemplazo dejó de ser una conversación de pasillo el 24 de septiembre. Ese día, el ministro de Defensa, Fernando Barros, anunció el inicio formal del proceso para reemplazar a los F-5E/F Tigre III del Grupo de Aviación N.º 12, con base en Punta Arenas. Explicó que los aviones están operativos y en buenas condiciones, pero que se acerca el fin de su vida útil después de medio siglo de servicio. Instruyó a la FACh iniciar los estudios formales para definir qué aeronave asumirá esa capacidad en las próximas décadas.
Rodríguez ya había descrito el escenario: un retiro asistido de los F-5, con la expectativa de mantenerlos en servicio hasta una década más mientras avanza el recambio.
La señal de Washington
En septiembre, el embajador de Estados Unidos en Chile, Brandon Judd, dijo que su país conversa con Chile sobre todas las opciones de cooperación militar, incluido el F-35. Fue más allá: sostuvo que Chile puede llegar a operar ese avión y destacó la estabilidad política y económica del país en las últimas tres décadas.
El Ministerio de Defensa ha sido igual de claro en lo esencial. Las compras de material bélico son reservadas, pero en el caso específico del F-35, Chile no enfrenta restricciones de Estados Unidos para adquirirlo.
Hay además un dato que alimenta las especulaciones desde junio. Washington adjudicó a Lockheed Martin un adelanto de 153,9 millones de dólares para materiales destinados a 11 F-35 de un cliente extranjero no identificado. El Grupo N.º 12 opera, justamente, cerca de una docena de F-5. Pero los analistas internacionales mencionan también a Bélgica, Grecia, Rumania, Singapur y la República Checa como posibles compradores. Nada está confirmado.
Lo que el avión no trae incluido
Aquí está el centro del mensaje de Rodríguez, y vale la pena desmenuzarlo.
Personas. Un caza de quinta generación no se pilotea como un F-5. Exige pilotos entrenados para operar en red, técnicos especializados en materiales furtivos y sistemas de software, e ingenieros capaces de administrar la información que genera el avión. Formar esa dotación toma años y requiere programas en Estados Unidos y en Chile.
Infraestructura. Los F-35 requieren hangares con condiciones controladas, sistemas de seguridad de la información y capacidades de mantenimiento muy distintas de las que hoy existen en la mayoría de las bases chilenas. Si el destino es Punta Arenas, el desafío es mayor por clima, distancia y logística.
Arquitectura digital. El valor del F-35 no está solo en su furtividad, sino en su capacidad de reunir datos de sus sensores y compartirlos con otros aviones, buques y centros de mando. Sin una red que lo integre con los F-16, con los E-3D Sentry y con la Armada, el avión rinde una fracción de lo que puede.
Dependencia. Operar un sistema tan avanzado supone una relación de largo plazo con el país fabricante: software, repuestos, actualizaciones y entrenamiento. Es una decisión estratégica, no solo una compra.
Presupuesto. El Consejo Fiscal Autónomo advirtió esta semana que los ingresos de 2027 podrían quedarse cortos y alertó sobre el nivel de deuda. Ningún programa de esta magnitud puede planificarse sin un financiamiento plurianual estable, al margen del ciclo político.
El contexto que lo vuelve urgente
La discusión no ocurre en el vacío. En el sur, Chile enfrenta una relación más tensa con Argentina por el Estrecho de Magallanes y la ruta comercial hacia las Malvinas. Argentina recibió sus primeros F-16 y busca su propia capacidad de reabastecimiento en vuelo. En ese contexto, el Grupo N.º 12, en Punta Arenas, deja de ser solo una unidad de entrenamiento y defensa regional para convertirse en la primera línea de la disuasión aérea austral.
Al mismo tiempo, la FACh demostró esta semana, con el ejercicio ADEX XII, que ya opera de manera integrada F-16, aviones cisterna KC-135E y sistemas de alerta temprana E-3D Sentry. En abril, un KC-135E chileno incluso reabasteció en vuelo a dos F-35A estadounidenses que llegaban a FIDAE 2026. La base de interoperabilidad existe.
Lectura editorial
VDI Global sostiene que Chile necesita un caza de quinta generación, y que la discusión debe hacerse ahora, no cuando el último F-5 deje de volar. La disuasión no se improvisa: se construye durante una década. Un país con 4.000 kilómetros de costa, presencia antártica y fronteras australes sensibles no puede depender de aviones diseñados en los años setenta.
Pero hay que decir también lo que Rodríguez dejó entrever. El mayor riesgo no es elegir el avión equivocado. Es elegir el correcto y no construir lo que necesita. Hay ejemplos en el mundo de fuerzas aéreas que compraron aviones de punta y luego no tuvieron presupuesto para volarlos, mantenerlos o integrarlos. Chile no debería repetir ese error.
Por eso la decisión no puede quedar solo en manos de la FACh ni de un gobierno. Requiere un acuerdo de Estado sobre financiamiento de largo plazo, formación de personal y prioridades de infraestructura. La Ley de Financiamiento de Capacidades Estratégicas es la herramienta. El momento de usarla es ahora.
También hay espacio para el debate legítimo. Hay quienes prefieren ampliar y modernizar la flota de F-16, por costo y continuidad logística. Otros mencionan alternativas europeas. Es una discusión técnica que la FACh debe resolver con criterios operativos, no con preferencias políticas. Lo que no admite discusión es la necesidad.
El general Rodríguez lo resumió bien: el equipamiento importa, pero lo que sostiene a una institución es lo que hay detrás. Un caza de quinta generación sin personas, sin red y sin financiamiento es solo un avión caro estacionado en un hangar.
Lo que viene
El general Romanini asume con el proceso de reemplazo abierto, la modernización de los F-16 al estándar M6.6 en marcha y un centenario institucional en el horizonte. En los próximos meses, la FACh deberá presentar sus estudios formales y el gobierno, definir cómo financiar la decisión.
El avión se elegirá en algún momento. Lo que se construya alrededor de él es lo que determinará si sirve.