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CHILE: DEL 7 DE OCTUBRE AL ODIO. UNA TIERRA QUE YA NO RECONOZCO

CHILE: DEL 7 DE OCTUBRE AL ODIO. UNA TIERRA QUE YA NO RECONOZCO

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Por Redacción VDI Global

06:29 de la mañana del 7 de octubre de 2023. Más de 3.000 terroristas yihadistas empezaban a invadir territorio israelí. Lo que siguió fue un día de asesinatos, mutilaciones, violaciones y secuestros de civiles: mujeres, niños, ancianos, jóvenes.

Murieron alrededor de 1.200 personas y otras 251 fueron secuestradas. Ese es el hecho, y no admite discusión. De ahí nace la respuesta de Israel en defensa de sus ciudadanos, que tres años después sigue sin punto final, pese a las múltiples gestiones para que Hamás deponga las armas y deje de imponer su terror, a los israelíes y también a su propia población en Gaza.

No voy a analizar aquí lo que pasó después en Gaza. No lo necesito. Para mí sus consecuencias nacen de la decisión del terrorismo palestino de atacar a Israel ese día, y por eso no me hago cargo de ellas. Por doloroso que sea, no asumiré culpa alguna ni aceptaré que ese sufrimiento se use para relativizar o excusar una decisión maldita: la de quienes, a través de sus dirigentes, resolvieron que Israel debía ser eliminado, "del río al mar".

Lo que sí me sorprende es cómo Occidente miró hacia otro lado y terminó convirtiendo a Hamás, y en algunos casos a los propios gazatíes, en protagonistas de un relato donde víctimas y victimarios cambiaron de lugar. Ese día, los terroristas y quienes entraron con ellos secuestraron, mataron y mutilaron, y después lo celebraron en una fiesta rabiosa de sangre y caramelos.

También me sorprende que ciertas ideologías de izquierda, en Occidente, hicieran suyas, de manera explícita o tácita, las brutalidades de Hamás. No les importó entonces ni parece importarles hoy que mujeres y hombres fueran violentados, que a otros los quemaran, los mutilaran, los asesinaran o los secuestraran.

Es indecente ver todavía a personalidades públicas con banderas y consignas que presentan esa sangre como rebeldía y resistencia. Hay una frontera moral que no se negocia: asesinar civiles, violar, mutilar, quemar y secuestrar sigue siendo terrorismo aunque quien lo haga invoque una causa política, una liberación o una resistencia.

El Chile que recuerdo

Ahora me quedo en Chile, mi país de origen. No me desconecto de mi tierra natal: es parte de mi historia, de mi identidad y de mi memoria. Recuerdo un país donde la comunidad judía, unas 20.000 personas, vivía tranquila entre los suyos.

No hablo de Chile entero. Hay chilenos que condenaron el ataque desde el primer día y otros que hoy acompañan a esa comunidad. Hablo de quienes convirtieron una masacre en consigna, y de quienes debieron frenarlos y no lo hicieron.

Lo que pasó en Chile después

El mismo 7 de octubre, con los muertos todavía sin contar, el entonces alcalde de Recoleta, Daniel Jadue, escribió en X que el pueblo de Palestina tiene derecho a resistir. Lo recoge el informe sobre derechos humanos del Departamento de Estado de Estados Unidos.

Lo que siguió está documentado. El mismo informe registró un aumento del contenido antisemita en redes sociales, y esvásticas pintadas en sinagogas de Santiago, Valparaíso y Concepción. En Concepción hubo piedrazos. La sinagoga más antigua de Santiago, Bicur Jolim, fundada en 1905, fue profanada, y según Infobae la vandalizaron por cuarta vez en pleno Shabat. En marzo de 2024 un grupo con banderas palestinas y carteles de insultos atacó el Estadio Israelita, el centro de la comunidad. La propia Comunidad Judía habla de hostigamientos en celebraciones religiosas y de turistas insultados en la calle solo por parecer judíos.

No sé quién pintó esas esvásticas, y no hace falta saberlo para decir lo esencial: una esvástica en una sinagoga no es una opinión sobre Gaza. Es una amenaza contra judíos chilenos.

El Estado que miró hacia otro lado

El presidente de entonces, Gabriel Boric, tuvo la oportunidad de decir lo que había que decir. Dos días después de la masacre escribió en X que condenaba "sin matiz alguno" los atentados de Hamás, y en el mismo mensaje condenó "los ataques indiscriminados contra civiles que lleva adelante el ejército de Israel en Gaza". Casi un año más tarde, en la Universidad de Columbia, dijo que se rebelaba ante quienes pretenden que se elija "entre el terrorismo de Hamas y el genocidio que Israel está realizando en Palestina".

No lo hizo bien. Condenar en el mismo mensaje al que masacró y al que fue masacrado pone a la víctima y al victimario en el mismo nivel, y en ese reparto el 7 de octubre deja de ser el crimen que fue y pasa a ser un episodio más entre "dos barbaries". Cuando el jefe del Estado habla así, la calle aprende que lo injustificable se puede relativizar. De ahí empieza, creo, el Chile que ya no reconozco.

La relatora especial de la ONU sobre libertad de religión, Nazila Ghanea, advirtió al Gobierno de entonces del riesgo de impunidad. Chile respondió que condenaba el antisemitismo, pero que había que distinguir entre críticas legítimas a Israel y actos de odio. Esa distinción es correcta y yo la comparto. El problema es lo que vino después: la comunidad denunció que dos meses más tarde la única respuesta oficial seguía siendo que se estaba en "proceso de recopilación de antecedentes". Y en uno de los ataques a Bicur Jolim, el Ministerio Público cerró la investigación por "falta de evidencia útil".

Mientras tanto, el Estado hablaba en otro idioma con Israel. Boric se negó a recibir las cartas credenciales del embajador israelí en 2022. En noviembre de 2023 Chile llamó a consultas a su embajador en Tel Aviv, que no volvió. Las empresas israelíes de defensa quedaron fuera de FIDAE 2024, y en mayo de 2025 se retiraron los agregados militares. Criticar a un gobierno extranjero es legítimo. Pero creo que cuando la política exterior de un país señala a Israel como el problema, la calle recibe el mensaje y lo usa.

El Gobierno actual cambió de rumbo: acreditó nuevo embajador en agosto y las empresas israelíes volvieron a FIDAE. Es un giro importante en La Moneda, pero el clima de una sociedad no se reconstruye por decreto.

Lo que aprendí aquí

Yo aprendí a vivir en otro país, que durante décadas ha tenido que convivir con la amenaza permanente de su desaparición, rodeado de un entorno donde esa posibilidad no siempre fue retórica política. En distintos momentos se expresó con guerras, terrorismo y declaraciones explícitas.

Israel tiene tratados de paz con Egipto y Jordania, y eso hay que reconocerlo y valorarlo. Pero esos acuerdos conviven con cambios políticos y sociales profundos en ambos países y con movimientos islamistas, como la Hermandad Musulmana, que ven a Israel y el orden regional de manera radicalmente distinta. No sabemos qué pasaría si algún día tuvieran poder suficiente para intentar alterarlos. Israel aprendió a no dar su seguridad por garantizada.

Tampoco hay que olvidar cuando el nacionalismo árabe de inspiración nasserista llevó a Egipto, Siria y Jordania a guerras sucesivas con Israel, que dejaron derrotas militares, miles de muertos y heridas profundas en toda la región. En paralelo, el conflicto palestino fue generando organizaciones que usaron el terrorismo como instrumento político: la OLP, Septiembre Negro y otras que prepararon el camino, en otra etapa, a Hamás.

Conozco mi segundo país como la palma de mi mano. He convivido con árabes israelíes, con drusos y con beduinos, y sé que cuando hay buena fe de ambos lados es posible convivir, trabajar juntos y construir relaciones humanas por encima de las fronteras políticas y religiosas.

Por eso sé también dónde aparece el problema: cuando la convivencia se reemplaza por el discurso de que Israel debe desaparecer "del río al mar", cuando el vecino pasa a ser un enemigo a eliminar. Ahí la convivencia se vuelve cada vez más difícil, hasta ser casi imposible. No se puede construir una sociedad compartida sobre la premisa de que uno de los dos pueblos debe desaparecer.

Y aquí llego a un punto que la historia, con una porfía que muchas veces incomoda, vuelve a poner sobre la mesa.

La presencia árabe en la región es antigua y no empieza en el siglo VII: había comunidades árabes antes de la conquista musulmana. Lo que sí cambió a partir de entonces, sobre todo con las conquistas árabe-musulmanas de los años 630 y 640, fue la región entera. Llegó la expansión política del califato y, en los siglos siguientes, procesos de arabización e islamización que transformaron el Levante y el Medio Oriente.

Pero la presencia de los antepasados del pueblo judío en esa tierra es muchísimo más antigua. Los hebreos o israelitas aparecen en las fuentes históricas de la región durante el segundo milenio antes de nuestra era, y desarrollaron allí sociedades, reinos, instituciones religiosas y una identidad nacional ligada a esa tierra mucho antes de la expansión árabe-musulmana.

Esto no convierte la historia en un título de propiedad exclusivo ni elimina la existencia posterior de otros pueblos. La historia no funciona así. Pero sí desmonta una falsificación peligrosa: la de presentar al pueblo judío como un cuerpo extraño, recién llegado, sin raíces en la tierra de Israel.

Los judíos no llegaron a esa tierra en el siglo XX. El Estado de Israel nació en 1948; el vínculo del pueblo judío con esa tierra tiene miles de años. La diferencia importa. La memoria histórica no se puede usar de manera selectiva, y no se construye una convivencia futura sobre la negación del pasado.

Una tierra que ya no reconozco

Después del 7 de octubre de 2023 ya no puedo mirar la historia de Israel solo desde la comodidad de la distancia. Yo vivo aquí. Y desde aquí miro a Chile con la tristeza de quien ve cambiar la casa donde creció: el país que recuerdo discutía fuerte, pero su comunidad judía no vivía con miedo.

Aprendí que la paz no se construye negando las amenazas ni entregando la seguridad propia a las buenas intenciones del adversario. Se construye cuando los dos lados quieren reconocer el derecho del otro a existir. Lo demás es propaganda, y el 7 de octubre volvió a escribir esa lección con sangre.

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