ISRAEL VOTÓ COMO NUNCA Y EN PLENA GUERRA: AHORA SUS LÍDERES LE DEVUELVEN UN EMPATE
Con el 84,5% de las urnas escrutadas al mediodía de este miércoles, el bloque del primer ministro Benjamin Netanyahu suma 54 escaños, la alianza opositora de Gadi Eisenkot llega a 49 y los dos partidos de liderazgo árabe, la Lista Conjunta y Ra’am, reúnen 17. Nadie alcanza los 61 que exige la Knéset para gobernar. Quedan por contar cerca de 600.000 votos de doble sobre, en su mayoría de soldados, y la participación fue la más alta desde 1999.
La noche que cambió de dueño
En mayo de 1996, Shimon Peres se fue a dormir creyendo que los sondeos a boca de urna le habían asegurado el cargo. Despertó derrotado por Benjamin Netanyahu por menos de 30.000 votos. La anécdota la recordaba esta madrugada The Times of Israel, y no por nostalgia: lo ocurrido entre el martes y el miércoles se le parece bastante.
A las 22:00 cerraron los locales de votación. En ese momento los tres principales canales de televisión (11, 12 y 13) proyectaron al bloque de Netanyahu entre 51 y 52 escaños, muy lejos de los 68 con que llegó a contar la coalición saliente. Eisenkot, exjefe del Estado Mayor y líder del partido Yashar, salió a hablar con aire de ganador. Dijo que el público había votado por el cambio y prometió reemplazar al gobierno por uno sionista comprometido con el servicio militar para todos.
Después empezó el conteo real. Como tantas veces en Israel, los sondeos habían subestimado a la derecha. Con el 41% escrutado, el Likud aparecía con 28 escaños y Yashar con 21. Cerca de las cinco de la madrugada, un corte parcial llegó a darle 59 escaños al bloque oficialista. A media mañana la cifra se estabilizó en 54, mientras la oposición subía de 47 a 49.
Netanyahu tampoco pronunció la palabra victoria. Pero en un discurso eufórico sostuvo que la derecha tiene una mayoría clara entre el público sionista y judío, y anunció que buscará formar un gobierno fuerte, nacional y de derecha.
Los números, partido por partido
Con el 84,4% de los votos contados, la distribución provisoria queda así:
- Likud (Netanyahu): 27 escaños, cinco menos que los 32 de 2022.
- Yashar (Eisenkot): 22.
- B’Yachad (Naftali Bennett y Yair Lapid): 12.
- Lista Conjunta: 11.
- Los Demócratas (Yair Golan): 8.
- Shas: 7.
- Judaísmo Unido de la Torá: 7.
- Otzma Yehudit (Itamar Ben Gvir): 7.
- Yisrael Beytenu (Avigdor Liberman): 7.
- Ra’am (Mansour Abbas): 6.
- Sionismo Religioso-Zehut: 6.
Quedaron bajo el umbral de 3,25% la lista de los Reservistas (2,7%) y Pueblo de Israel (en torno al 1,6%). Ambas competían por un electorado de centroderecha cuyos votos ahora se pierden.
Las cifras se movieron toda la mañana. En distintos cortes, Yisrael Beytenu apareció con ocho escaños y B’Yachad con once. Ra’am saltó de cuatro a seis en una sola actualización. Nada de esto es definitivo.
La comparación con 2022 es dura para el oficialismo: la coalición pierde alrededor de 14 escaños. Los partidos de liderazgo árabe, en cambio, pasan de 10 a entre 17 y 19 según el corte, su mejor resultado en años.
Los votos que faltan llevan uniforme
La gran incógnita está en los sobres dobles. Con ese mecanismo votan los soldados, reservistas, desplazados, diplomáticos, presos y pacientes que sufragan fuera de su mesa. Las estimaciones hablan de entre 600.000 y 650.000 votos de este tipo, el equivalente aproximado a 14 escaños y la cifra más alta de la historia. Se cuentan al final, en la sede de la Knéset, y el proceso podría extenderse hasta el viernes.
Las Fuerzas de Defensa de Israel informaron una participación de 79,9% entre sus efectivos, 6,2 puntos más que en 2022. Para que eso fuera posible habilitaron unas 850 mesas, incluidas estaciones móviles en Gaza, Líbano y Siria.
Netanyahu cuenta con que ese voto lo favorezca, y tiene algo de razón: históricamente el sufragio de doble sobre se aleja de los partidos árabes. Pero también se aleja de los partidos ultraortodoxos, que forman parte de su propio bloque, y la conscripción de los jóvenes haredíes fue uno de los ejes de esta campaña. Un soldado que lleva tres años rotando entre Gaza y la frontera norte no vota necesariamente por quien sostuvo esa exención. El voto militar puede mover dos o tres escaños hacia la derecha. Hacia cuál derecha es la otra pregunta.
El calendario formal también pesa. La ley obliga a publicar los resultados oficiales a más tardar el 4 de noviembre, y las impugnaciones pueden presentarse hasta el 18. Recién con el resultado certificado en mano el presidente Isaac Herzog abrirá su ronda de consultas.
Una democracia que votó bajo fuego
Hay un dato que la prensa internacional mencionó de pasada. Votaron cerca de 5,7 millones de personas de un padrón de 7,3 millones: 77,7%, la participación más alta desde 1999 y 7,1 puntos sobre la elección anterior. A las 10 de la mañana del martes ya se había registrado la mayor afluencia para esa hora desde 1981.
Todo esto ocurrió en un país que lleva tres años de guerra en varios frentes, con soldados votando en territorio enemigo y con la amenaza iraní encima. Fue además la primera elección desde 1988 en que la Knéset completó su mandato sin adelantar los comicios. Pocas democracias del mundo pueden mostrar algo parecido, y ninguna de su vecindario. Muchos de los medios que describen a Israel como un Estado al borde del autoritarismo pasaron la noche cubriendo un recuento abierto y disputado, en el que un primer ministro podía perder el cargo.
La acusación que no debió hacerse
Ahí está la mancha de la jornada. Durante la tarde del martes, Netanyahu y otras figuras del Likud afirmaron que sus rivales intentaban quedarse con la elección de manera ilegítima, apuntando al voto árabe y a la izquierda. No presentaron pruebas. La Comisión Central Electoral rechazó varias denuncias de irregularidades ese mismo día. Yashar, por su parte, acusó al primer ministro de preparar el terreno para impugnar el resultado si no le era favorable.
Un medio de derecha no tiene por qué callar esto. El sistema electoral israelí funcionó con transparencia y contó cada mesa a la vista de todos los partidos. Sembrar sospechas sin evidencia debilita justo aquello que diferencia a Israel de sus enemigos.
El laberinto de los 61
Ningún bloque puede gobernar tal como está. Eisenkot y la mayoría de sus socios han descartado una alianza con la Lista Conjunta o con Ra’am, aunque existe un precedente: en 2021 el partido de Mansour Abbas sostuvo al gobierno de Bennett y Lapid. Del otro lado, la mayoría sionista de derecha que invoca Netanyahu incluye a Bennett, a Liberman y al propio Eisenkot, tres dirigentes que no quieren saber nada de él. Eisenkot ha rechazado servir bajo Netanyahu, incluso en un esquema de rotación.
The Times of Israel lo planteó en su análisis de la madrugada: los dos grupos de unos 70 diputados existen en el papel y ninguno sirve para formar gobierno. A eso se suma un obstáculo personal y político de enorme peso. Eisenkot perdió a su hijo Gal y a dos sobrinos combatiendo contra Hamás en Gaza. Le resulta impensable integrar un gobierno que no cree una comisión estatal de investigación sobre las fallas del 7 de octubre de 2023, y Netanyahu lleva tres años resistiéndose a ella.
En el campo oficialista tampoco hay calma. Días antes de la votación, Ben Gvir acusó a la oficina del primer ministro de haber prometido a autoridades europeas que Otzma Yehudit quedaría fuera del próximo gobierno; el Likud lo negó. Este miércoles, Ynet informó, citando fuentes, que el presidente Donald Trump también buscaría dejar fuera a Ben Gvir. Trump había respaldado públicamente a Netanyahu antes de los comicios. Ninguna de las dos versiones está confirmada de forma independiente.
La prensa israelí ya especula con un gobierno en minoría capaz de sobrevivir a un voto de confianza sin 61 diputados propios. Herzog, por su parte, dijo dos semanas antes de la elección que haría todo lo posible por formar un gobierno estable y evitar volver a las urnas. Tendrá una semana desde la certificación para escuchar a todos los partidos. Después encargará la formación del gobierno a quien considere con más posibilidades.
Irán no espera a que se arme una coalición
Mientras se contaban los votos, Netanyahu habló de una “oportunidad histórica e irrepetible” para eliminar, junto a Trump, la amenaza existencial que representa Irán. Pidió además que ninguna consideración ajena desvíe al país de esa misión. Horas antes, Eisenkot había pedido a los jefes de seguridad no dejarse presionar por el primer ministro en funciones para adoptar medidas apresuradas que sirvan a sus necesidades personales.
Las dos cosas pueden ser ciertas a la vez. El régimen iraní es la principal amenaza para la existencia de Israel, y cualquier gobierno israelí, lo encabece quien lo encabece, tendrá que enfrentarlo. Pero una operación de esa escala quedaría expuesta a la sospecha de cálculo electoral si la decide un gobierno que acaba de perder 14 escaños y cuya continuidad está en el aire. Ese es un regalo que Teherán no merece recibir.
Lectura editorial
El resultado es un castigo. Una coalición que pasa de 68 a 54 escaños después del 7 de octubre no puede leerlo como un accidente estadístico. El Likud sigue siendo por lejos el partido más votado, pero Netanyahu haría mal en confundir esa resistencia con un mandato renovado.
Tampoco ganó la oposición. Yashar es el segundo partido y su alianza no llega a 50 escaños. El electorado israelí no giró a la izquierda: castigó la gestión, pero sigue votando mayoritariamente por opciones sionistas, duras en seguridad y poco dispuestas a concesiones territoriales en Judea y Samaria. En materia de defensa, Eisenkot, Bennett y Liberman son hombres de derecha o de centroderecha. La pelea de fondo es sobre quién conduce, no sobre el rumbo.
Quienes apoyan a Eisenkot sostienen que la mayoría de los israelíes pidió rendición de cuentas y que la comisión de investigación es irrenunciable. Quienes respaldan a Netanyahu responden que la mayoría judía votó a la derecha y que cambiar de conductor en pleno enfrentamiento con Irán sería un riesgo. Los dos argumentos tienen cifras que los sostienen. Ninguno alcanza para sumar 61.
El salto de la Lista Conjunta y de Ra’am merece análisis serio y no consignas. Reporteros de The Times of Israel recogieron en localidades árabes testimonios que atribuyen la alta participación a las políticas de Ben Gvir como ministro de Seguridad Nacional. Esa factura también corre por cuenta del bloque oficialista.
Lo que viene
El viernes, con los sobres dobles contados, se sabrá si Netanyahu araña dos o tres escaños más o si Eisenkot conserva su terreno. Después vendrán las consultas en la residencia presidencial, las presiones de Washington y unas negociaciones que en Israel suelen durar semanas.
Israel hizo su parte el martes: votó en masa, en guerra y sin incidentes graves. Falta saber si su clase política estará a la altura de esos votantes. La alternativa es obligarlos a volver a las urnas, como entre 2019 y 2022, cuando el país votó cinco veces en menos de cuatro años.