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LA INTOLERANCIA QUE SE DISFRAZA DE ANTIFASCISMO: LA COLUMNA DE MAGDALENA MERBILHÁA QUE EXPONE EL DOBLE ESTÁNDAR DE LA "CULTURA DE LA CANCELACIÓN"

LA INTOLERANCIA QUE SE DISFRAZA DE ANTIFASCISMO: LA COLUMNA DE MAGDALENA MERBILHÁA QUE EXPONE EL DOBLE ESTÁNDAR DE LA "CULTURA DE LA CANCELACIÓN"

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Por Redacción VDI Global

En una columna publicada este martes en El Líbero, la periodista e historiadora Magdalena Merbilháa aborda un fenómeno que, según argumenta, se repite con el mismo patrón tanto en Chile como en el resto del mundo: la "funa" como mecanismo para silenciar a quien se aparta del guion ideológico esperado. Su columna conecta dos episodios aparentemente distintos —el ataque contra la ministra de Ciencias chilena por vestir traje huaso en Fiestas Patrias, y el boicot mundial contra Ed Sheeran tras negarse a sumar activismo político propalestino en sus conciertos— para plantear una tesis incómoda: quienes hoy se autodenominan "antifascistas" reproducen, en la práctica, el mismo mecanismo de exclusión que dicen combatir.

El caso chileno: castigar el mérito de una mujer indígena

Merbilháa parte por el episodio local más reciente: los cuestionamientos que recibió la ministra de Ciencias por presentarse con un elegante traje de huasa durante las celebraciones patrias. Según relata la columnista, las críticas no se limitaron a un desacuerdo estético, sino que apuntaron directamente a su identidad, acusándola de "desclasada" y "renegada étnica". La autora sostiene que el trasfondo de esos ataques no es otro que la incomodidad que genera una mujer indígena que alcanzó su posición actual por mérito propio, en abierta contradicción con el relato que ciertos sectores han construido sobre la trayectoria posible de las comunidades originarias en Chile.

El caso Sheeran: cuando la neutralidad se paga con el boicot

El segundo caso que desarrolla la columna, con mayor detalle, es el del cantante británico Ed Sheeran. Según reconstruye Merbilháa, el conflicto se originó cuando su telonero, el rapero Macklemore, aprovechó la audiencia de Sheeran durante la gira "Loop Tour" para pronunciarse abiertamente a favor de la consigna "Palestina Libre" en un concierto en Nueva Jersey. Los organizadores decidieron desvincular a Macklemore de las fechas siguientes, decisión que —según explica la propia columna— correspondió a los promotores y dueños de los recintos, en pleno ejercicio de su derecho. Sheeran, por su parte, insistió en que su intención era mantener sus conciertos como un espacio neutral, libre de posicionamientos políticos.

Esa neutralidad, sin embargo, le costó caro. Varios músicos de la gira, entre ellos el hermano de Billie Eilish y otros artistas identificados como activistas, abandonaron el tour en solidaridad con Macklemore. Sheeran perdió una cantidad significativa de seguidores en redes sociales, emisoras se negaron a transmitir su música, y hasta el propio sitio web donde se buscaba convocar a nuevos teloneros terminó siendo saboteado con mensajes propalestinos. El artista debió continuar su gira completamente solo, con su guitarra y su estación de loops, el formato que originalmente lo hizo famoso.

La pregunta de fondo que plantea la columnista

Merbilháa formula, con precisión, la distinción jurídica y moral que a su juicio queda oscurecida en este tipo de episodios: Sheeran tiene pleno derecho a decidir que sus propios conciertos permanezcan libres de activismo político, mientras que un telonero contratado no tiene, en rigor, ese mismo derecho sobre un escenario que no le pertenece. La autora es clara al calificar la reacción posterior —el boicot coordinado, el sabotaje del sitio web, la presión en redes sociales— como una forma de intolerancia que termina, paradójicamente, silenciando a quien simplemente ejerció su libertad de no politizar su propio trabajo.

Lectura editorial

Coincidimos con el diagnóstico central de la columna de Magdalena Merbilháa: existe, en efecto, un patrón repetido donde sectores que se presentan públicamente como defensores de la tolerancia y la diversidad reaccionan con extraordinaria virulencia frente a cualquier persona o figura pública que se aparte, aunque sea mínimamente, del relato ideológico que consideran correcto. El caso de la ministra de Ciencias es elocuente en ese sentido: atacar a una mujer indígena precisamente por haber alcanzado el éxito profesional por mérito propio revela, con crudeza, que el problema real para esos sectores no es la representación indígena en sí misma, sino que esa representación no se ajuste al molde de reivindicación permanente que ellos mismos han construido.

El caso de Ed Sheeran, sin embargo, merece un análisis todavía más detenido desde nuestra propia línea editorial. El movimiento "Palestina Libre" que instrumentalizó el escenario de Sheeran a través de Macklemore no es, como bien identifica la columnista, un movimiento pacifista genuinamente interesado en la resolución del conflicto en Medio Oriente: es, en su formulación más extendida, un movimiento que no busca la coexistencia sino la desaparición del Estado de Israel, profundamente ideologizado y alineado con una agenda de izquierda internacional que rara vez exhibe el mismo nivel de indignación frente al terrorismo de Hamás que exhibe frente a la respuesta militar israelí. Que ese mismo movimiento haya logrado boicotear, sabotear y presionar hasta el aislamiento a un artista que simplemente pidió que su concierto no se convirtiera en un vehículo de propaganda política, confirma exactamente el patrón de intolerancia selectiva que Merbilháa denuncia.

Es revelador, además, que el propio Sheeran haya optado, pese a toda la presión recibida, por un gesto de honestidad poco habitual en la industria musical: reconocer públicamente el sufrimiento histórico del pueblo judío y calificar la masacre de octubre de 2023 como el origen del conflicto en Gaza, mientras describía la situación humanitaria actual en términos que no rehuían la complejidad. Ese equilibrio —lejos de la simplificación militante que le exigían quienes lo boicotearon— es precisamente el tipo de postura que merece respaldo, no castigo.

Conclusión

La columna de Magdalena Merbilháa acierta al identificar un patrón de doble estándar que trasciende fronteras: quienes se presentan como defensores del pluralismo y la tolerancia terminan, con frecuencia, ejerciendo la forma más eficaz de censura social contemporánea contra cualquiera que no se subordine a su relato. Desde VDI Global compartimos esa lectura, y añadimos que el caso específico del boicot contra Ed Sheeran expone, con particular claridad, cómo el activismo propalestino más radical utiliza estos mecanismos de presión social para castigar incluso la neutralidad, no solo el desacuerdo explícito.

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